La literatura colonial: unidad en la diversidad de sus escrituras

Un “agujero negro” en el campo literario ecuatoriano

Colonial Literature: unity in the diversity of its writings

The Black Hole in the Ecuadorian Literary Field

Alexandra Pancho Gamboa

Universidad de Frankfurt

E-mail: alexandrapg1@hotmail.com

ORCID: https://orcid.org/0009-0009-2002-4046

DOI: https://doi.org/10.26807/recifit.v2n3.42

Fecha de envío: 28/05/2025 | Fecha de aceptación: 30/06/2025 | Fecha de publicación: 30/06/2025

Palabras clave: campo literario, arqueología literaria, literatura colonial, diversidad, globalización cultural.

Keywords: literary field, literary archeology, colonial literature, diversity, cultural globalization.

Como citar:

Pancho Gamboa, A. (2025). La literatura colonial: Unidad en la diversidad de sus escrituras. Un “agujero negro” en el campo literario ecuatoriano. Revista Ecuatoriana de Ciencias Filosófico-Teológicas, 2(3), 68–80. https://recifit.puce.edu.ec/index.php/revista/article/view/42

Resumen

La propuesta de este estudio es que los escasos conocimientos de la literatura de la época colonial (1534-1830) han actuado en el campo literario ecuatoriano de forma similar a un agujero negro en el espacio cósmico. Por lo tanto, se trata aquí de argumentar las razones por las cuales, en pleno siglo XXI globalizado, todavía es válida la arqueología literaria1 dirigida a explorar la escritura colonial desconocida del país. La investigación inicia con la explicación de las condiciones de los campos culturales y literarios del período colonial; pero también de las características actuales de la literatura. El “agujero negro”, como metáfora para comprender el impacto que ha ocasionado hasta la actualidad el desinterés en la literatura colonial permite también intuir la necesidad de replantear los lineamientos de su estudio en una perspectiva que acoja la diversidad literaria y cultural de los textos “olvidados”2. De estos antecedentes nace la propuesta de la arqueología literaria como un campo de investigación orientado a brindar nuevos instrumentos conceptuales y metodológicos, que permitan reelaborar reflexivamente la interrelación de los agentes del campo literario ecuatoriano, así como también dinamizar la memoria cultural. Seguir tejiendo redes entre textos pertenecientes a tiempos, espacios y géneros disímiles devuelve la luz a las regiones sombrías de los “agujeros negros” literarios, cancelando la concepción de estos como tiempos prescritos y superados sin conexión con el presente.

Abstract

This study proposes that the limited knowledge of colonial-era literature has functioned within the Ecuadorian literary field much like a black hole in cosmic space. Therefore, the aim is to examine why, in the context of the globalized 21st century, literary archaeology—dedicated to uncovering the country’s largely unknown colonial writings—remains a relevant and necessary pursuit. The inquiry begins with an analysis of the cultural and literary conditions of the colonial period, as well as the characteristics of contemporary literature. The black hole, as a metaphor for understanding the impact that disinterest in colonial literature has had up to the present, also allows us to sense the need to reconsider the guidelines for its study from a perspective that embraces the literary and cultural diversity of these “forgotten” texts. Against this backdrop, the concept of literary archaeology emerges as a research field designed to offer new conceptual and methodological tools. These tools facilitate a reflective reassessment of the interactions among agents in the Ecuadorian literary field, and invigorate cultural memory. By continuing to interweave texts from different periods, spaces, and genres, the obscured regions of literary black holes become light, challenging the perception of colonial literature as a bygone and disconnected past, and instead recognizing its enduring relevance to the present.

1.1 Introducción

Este ensayo propone que la literatura colonial ecuatoriana ha asumido en el campo literario un rol semejante al que cumple un agujero negro en el espacio astronómico. Hablar de este cuerpo cósmico significa referirse a una región donde no se aplican las leyes físicas hasta ahora conocidas. Un lugar resultado del colapso de estrellas gigantes y que tiene una atracción gravitatoria tan elevada que todo cae en él, como si fuera un enorme agujero. Ni la materia ni la luz pueden escapar de este cuerpo; todo lo que se acerca demasiado a él es devorado para siempre, incluso la luz, por eso es negro.

No es posible la observación directa del interior de un agujero negro; únicamente se puede reconocer una zona externa central oscura: su sombra. Al parecer, los agujeros negros como estructuras espaciales podrían ser una puerta de ingreso hacia otros universos.3

El período colonial en Ecuador ha sido relativamente poco estudiado. De acuerdo a Álvaro Alemán (24.02.2025)4, hasta hace algunos años el consenso entre los expertos fue una desvalorización de la Colonia; observada como una época de subordinación cultural con escasas contribuciones literarias importantes. A la fecha, existen valiosos estudios donde se habla del legado literario colonial. Entre ellos están la Historia literaria del Ecuador de Pablo Herrera (1860); la de Issac J. Barrera (1960), la editada por la Universidad Andina Simón Bolívar, a partir del año 2000, y la Literatura en la Audiencia de Quito (1980) de Hernán Rodríguez Castelo. Se han publicado, además, diversas antologías y ensayos que se ocupan de esta temática, en forma directa o tangencial. Es el caso de Agustín Cueva con Lecturas y rupturas (1986); los escritos de Juan de Velasco S.J (1841) y de Federico González Suárez (1892); la Biblioteca ecuatoriana mínima, editada por Aurelio Espinoza Pólit S.J (a partir de 1956 fueron publicándose cada uno de los ejemplares); Los cantares del pueblo ecuatoriano de Juan León Mera (1892); La Ojeada histórico-crítica de las letras ecuatorianas (1893), del mismo autor, y el ensayo de Aurelio Espinosa Pólit y otros (1957) en: Cien autores ecuatorianos de mediados del siglo XVI al primer cuarto del siglo XX. 

Sin embargo, existen todavía muchos textos de la época que no han sido estudiados, por lo que se muestran como objetos invisibilizados o regiones sombrías en el campo literario5 de la época. Unos reposan en bibliotecas privadas y públicas, otros en los numerosos conventos de la sierra ecuatoriana. En este momento resulta evidente la pregunta acerca del sentido que tiene en la actualidad volver a indagar en un mundo del pasado.

En consecuencia, el objetivo de este trabajo consiste en argumentar las razones por las cuales, en pleno siglo XXI globalizado, todavía es válida la arqueología literaria dirigida a explorar la escritura colonial desconocida del Ecuador. Siguiendo la lógica planteada, este trabajo está organizado de manera que inicia con una breve revisión sobre las implicaciones culturales y literarias de la Invasión española y de la Colonia (1534-1830) en las sociedades originarias de lo que actualmente se conoce como Ecuador. Esta revisión pretende dar respuesta a la escasez del corpus literario colonial. A continuación, se explicarán las condiciones actuales de la literatura globalizada que no parecen propicias para abordar los estudios literarios de la Colonia, y después se discutirán las razones por las cuales la arqueología literaria colonial todavía constituye una línea de investigación interesante como parte de los estudios literarios ecuatorianos. Finalmente, se plantean algunas ideas que pueden guiar una actividad investigativa de este tipo.

1.2 El campo literario ecuatoriano en la Colonia

Si de acuerdo a Pierre Bourdieu (2011) el campo literario permite identificar las articulaciones de las posiciones y los posicionamientos de los escritores en un espacio-tiempo dado, entonces se puede afirmar que no es posible conceptualizar un campo literario ecuatoriano confiable para el período colonial6, pues varios de sus “agentes”7 todavía son desconocidos o no fueron estudiados con una perspectiva crítica acorde con la época y en las condiciones en las que se gestaron. Las razones son varias y vale la pena mencionar las relevantes.

Ciertamente, la hecatombe que provocó la Invasión española implicó un derrumbe inesperado de las sociedades prehispánicas a todo nivel, incluyendo el cultural. Transcurrido el choque inicial, asistimos a la consolidación de la sociedad colonial que va adquiriendo su propia identidad, después de un proceso marcado por profundas crisis sociales, resultado de las políticas colonizadoras de España. Además, desde el inicio de este extenso período (1534-1830) los invasores encontraron, en Ecuador, una sociedad pluricultural que se intensificó con el surgimiento de los mestizajes posteriores.

El período colonial se caracterizó, en general, por los bajos índices de alfabetización y de lectura de amplios sectores sociales; por el escaso apoyo de la administración pública a la educación formal y secularizada de todas las culturas, de todos los estamentos sociales y de todos los géneros; y por las trabas para la producción y circulación de libros, al igual que por el déficit de su reedición. Las variantes circunstancias históricas de esa época determinaron también la consagración de diferentes formas literarias; al comienzo muy influenciadas por modelos hispánicos y más tarde por otras corrientes literarias extranjeras, junto con características distintivas propias. Por ejemplo: la crónica, la lírica (religiosa, épica narrativa, barroca, escuela ascético-mística de Quito) y el teatro.

De esta manera, se puede proponer que las denominadas zonas de contacto8 dieron lugar a una “heterogeneidad”9 sociocultural en la literatura, como marca sobresaliente de la Colonia, que se expresó en textos dispares en cuanto a su propósito, su composición y estilo. Adicionalmente, los procesos de exclusión racial, cultural y de género que predominaron en esos siglos, así como la imposibilidad de acceso a la educación formal de los grupos marginados y la escasa libertad creativa que existía, menguaron la producción literaria, en especial durante la primera mitad del siglo XVIII. De acuerdo a Díaz-Caneja y Lanfranco:

El estudio de la literatura ecuatoriana realizada entre los años 1700 y 1767 se dificulta en gran manera a causa del escaso número de textos propiamente literarios que nos han llegado. Algunos de estos se hallan en documentos manuscritos que siguen inéditos hasta hoy. Otros fueron publicados en ciudades como Lima o Madrid; pocos en Quito. No olvidemos que la primera imprenta de la Real Audiencia fue instalada en Ambato en 1755, ya cerca del final de este período. [...] Es de suponer que, por falta de medios económicos e influencias, muchos autores nunca pudieron ver impresos sus escritos. Bastantes obras de esta época han desaparecido. Algunas, publicadas en lugares lejanos, jamás llegaron a Quito. (1987, p.37).

Las investigadoras concluyen que esos años no fueron ricos en literatura, pero dejan vislumbrar también una de las razones de esta carencia cuando explican que, de los textos conocidos, pocos tenían un carácter plenamente literario expresado tanto en su labor imaginativa como en su función poética (p.37). Se puede inferir que el criterio de selección de Díaz-Caneja y Lanfranco centraliza a la ficción y al lenguaje como características literarias; un criterio preponderante y generalizado hasta hace pocas décadas.10

En definitiva, de los textos coloniales encontrados solo algunos recibieron la calificación de literarios y llamaron la atención de la crítica especializada, el resto fueron catalogados como textos de menor valor y quizás porque su propósito no era predominantemente estético, fueron relegados y todavía no han sido estudiados.

La anterior conceptualización literaria, demasiado estrecha por no considerar la diversidad cultural del país, ha influido hasta la actualidad en la impresión de muchos lectores ecuatorianos quienes consideran que la producción de la literatura colonial fue muy restringida y de escaso valor. No obstante, hay que señalar que durante la Colonia se apreciaron otras funciones de la literatura además del lenguaje; en especial su rol como apoyo a la didáctica de la ética y al fortalecimiento de la identidad nacional.

Suele suceder que el empleo de estrategias lingüísticas, narrativas y estilísticas en la literatura esté, en menor o mayor medida, favorecido por el “campo de poder social”11. Por eso no sorprende que la mayoría de escritores en la época colonial hayan sido varones españoles y criollos que tuvieron facilidad de acceso a la educación formal, a la literatura y que aprendieron el latín: lengua letrada de la Colonia.

La academia, en manos de las diferentes órdenes eclesiásticas, era la encargada de la distribución del capital simbólico a la literatura colonial, a partir de los valores estéticos legitimados por los grupos hegemónicos. Así surgió un corpus pequeño de escritores canonizados que no es representativo, pero que ha servido para marcar tendencias. Algunos de ellos fueron los cronistas de la conquista y de las guerras civiles, Mariana de Jesús (1618-1645), Gaspar de Villarroel (1587-1665), Juan Bautista Aguirre (1725-1786), Juan de Velasco (1727-1792), Eugenio Espejo (1747-1795), José Joaquín de Olmedo (1780-1847) y otros.

Una vez culminado el período de la Colonia (1534-1830), Ecuador inicia la época republicana (1830) con el reto inmenso de conformar una nación unificada que no existía hasta ese momento. Asimismo, en el campo literario la inserción de la herencia colonial en el mundo occidental no estuvo libre de conflictos. En este sentido es pertinente la opinión de Françoise Perus acerca de la conformación de redes literarias, internas y externas, difícil de armonizar. En sus palabras: “[...] la Conquista y la Colonia aparecieron inicialmente como lastre por superar. La conflictividad señalada presenta una doble articulación: con la heterogeneidad interna, por un lado, y con los polos externos de atracción, por el otro lado.” (2009, p.24).

Un último factor decisivo para el desinterés por la literatura colonial tiene que ver con el hecho de que la mayor parte del corpus del período, previo al siglo XVIII, está escrito en parte en latín, que ya casi no se estudia y en quichua que ya casi no se habla. Otra situación, de menor importancia, que ha impedido la visibilización del “agujero negro” se debe a que, en Ecuador, al igual que en el resto de países de América Latina, no ha existido una tradición de profesionalización literaria, esto es, escritores que puedan vivir solo de su trabajo y den cuenta del desfase colonial en el campo literario ecuatoriano. No ha habido tampoco una tradición de asociación gremial por lo que son casi inexistentes los informes sobre las redes de producción, distribución y consumo de literatura en la región.

1.3 La literatura durante la globalización cultural

En el apartado anterior se comentó brevemente algunas de las razones por las cuales los limitados conocimientos de la literatura de la época colonial han actuado como zonas sombrías en el campo literario ecuatoriano. No obstante, estas circunstancias no son las únicas que han influido para desatender esta disciplina de estudio, si se analiza la situación de la literatura a inicios del siglo XXI.

Las transformaciones sufridas en el mundo editorial a partir de la última etapa del siglo XX fueron, sin duda, una clara evidencia del afianzamiento que estaba teniendo la globalización económica, en su variante cultural.12 Como resultado, se ha otorgado primacía a un tipo de literatura globalizada y homogeneizada, sometida a lo que dictan los oligopolios de la edición, con sus propias formas de promoción y comercialización literarias. Estos grandes consorcios editoriales, junto con los medios de comunicación, las redes sociales y los denominados influencers son los encargados de consagrar a los nuevos escritores y adscribirlos a una cierta posición en los diferentes campos literarios.

En la opinión de Ana Gallego Cuiñas el problema de la hegemonía de mercado es que se rige “por las leyes del consumo inmediato, la rentabilidad máxima y la asociación con los medios de comunicación” (2014, p.3). De ahí que la autora se pregunta si es posible entonces un estudio de la literatura al margen del mercado editorial en la contemporaneidad.

Pero no solo la literatura, sino todos los productos culturales han pasado a ser considerados objetos de consumo masivo. La cultura ya no se sustenta tanto en la lectura como en la imagen, y se valora por su capacidad de proporcionar diversión y entretenimiento. Empero, esta banalización ha sido entendida por algunos como un signo de democratización, alejado de la “alta cultura elitista”. Ahora todo es cultural y en este nuevo marco de significación no se destaca ninguna especificidad literaria: a la literatura se la confunde con la cultura y aparece como un elemento más del imaginario social.

En definitiva, la actividad literatura se ha depreciado y el lenguaje ha dejado de ocupar la posición destacada en el campo de producción simbólica cultural, hasta el punto que Finkielkraut (2023) habla de esta etapa de “posliteratura” como un tiempo en el que la visión literaria del mundo ya no tiene lugar y añade, con razón, que su antigua función formativa ha sucumbido al pensamiento único de lo políticamente correcto de la sociedad actual. No resulta extraño entonces que en ciertos casos se exija de la literatura su adhesión hacia posturas políticas. En efecto, con el supuesto propósito de vencer formas de discriminación, la literatura debe exponer su compromiso con la igualdad social, la solidaridad y los derechos humanos. De lo contrario aparece como una expresión de la derecha neoliberal.13

Resulta interesante preguntarse cómo han respondido la crítica y la academia a la reestructuración del sistema literario que rige actualmente. Cabe reconocer que la devaluación del objeto literario y del estudio de las Humanidades casi han terminado con la crítica14 y que tampoco ha habido un rechazo unánime al cambio cultural por parte del mundo académico. La mayoría ha asumido las transformaciones como un logro, otros han preferido callar ante las nuevas relaciones de la literatura y el mercado y ante el supuesto relativismo del valor estético15 de esta disciplina. La tendencia se intensificó con la proliferación global en las universidades de los llamados Estudios culturales.

No se necesita ser un experto para darse cuenta que los cambios culturales y literarios de las últimas décadas no han cumplido todos los objetivos que se habían trazado. En el caso de los estudios literarios se suele trabajar sin clarificar los ámbitos de análisis ni los conceptos; se proponen generalizaciones exageradas que descansan en versiones extremas de dicotomías antiguas16 y en imágenes estereotipadas de los Otros.17

La formación de los lectores de literatura está cada vez más desvinculada de las enseñanzas del sistema escolar y el resultado es el incremento de lectores de mermada formación literaria que se guían casi exclusivamente por su relación emotiva, antes que reflexiva, con las obras promovidas por la publicidad.

Las transformaciones en el campo literario ecuatoriano se han encaminado de forma similar a lo descrito anteriormente, con lo que parece haberse intensificado aún más el “agujero negro” literario, pero, también ha adquirido mayor sentido la pregunta acerca del propósito, en la actualidad, sobre volver a indagar en el mundo de la literatura colonial. Para responder esta interrogante hace falta profundizar en el diálogo que la situación actual mantiene con el “agujero negro” de la literatura colonial ecuatoriana.

Sin desconocer los efectos positivos de la desacralización de la literatura, respecto a que no existe un campo literario totalmente autónomo18, no se puede coincidir con la ampliación excesiva de la noción de literatura ni con la ebullición de posiciones críticas extremistas e intolerantes, concentradas en discusiones políticas que no aportan nuevas perspectivas de análisis. Si buscamos sociedades con igualdad de oportunidades, una de las herramientas más efectivas es formar ciudadanos críticos, creativos y responsables y eso, en gran parte, se logra a través de la lectura que facilita la autonomía del pensamiento. Una formación de este tipo requiere de referentes culturales concretos y precisamente de eso se trata en la arqueología literaria

1.4 Arqueología literaria

La arqueología literaria se enfoca en el estudio de textos de épocas pasadas que no fueron objeto de atención por parte de la crítica. Este campo de investigación no está orientado principalmente a dar cuenta del proceso histórico de la literatura19, sino a brindar nuevos instrumentos conceptuales y metodológicos que permitan reelaborar reflexivamente la interrelación de los “agentes” del campo literario ecuatoriano del período colonial. Considera, además, que la literatura tiene sus formas y lenguajes propiamente artísticos y no es una manifestación cultural como otra cualquiera.20

En cuanto al valor del objeto literario concuerda con Contingencies of Value. Alternative Perspectives for Critical Theory (1991), de Barbara Herrnstein (pp.2-28), en que ese valor es contingente, diverso y variable. Se trata de encontrar, sistematizar y estudiar textos del período colonial, que fueron relegados a los márgenes del campo literario y cuyo acceso a los lectores contemporáneos ha sido nulo o muy limitado: lograr la unidad en la diversidad cultural. Este propósito implica la construcción de nuevos criterios de selección y organización de los textos, así como de un sistema de categorías de análisis específico21 para el objeto de estudio. No serán categorías inmutables, ya que deben permitir una coexistencia tolerante entre diferentes marcos de interpretación. Tampoco se pretende hacer tabula rasa de formas de investigación del pasado que consiguieron resultados positivos. La idea es partir de las características de los textos investigados y focalizar la perspectiva tanto en las prácticas lingüísticas como en las discursivas (conjunción de literatura y cultura).22 En este sentido se debería tener claro el papel de la literatura dentro de la cultura, sin equipararlas.23

El análisis de la configuración lingüística de los textos tiene el propósito de encontrar formas estéticas que traten de diferenciarse de otros lenguajes sociales, sin dejar de vincularlos a las condiciones de producción de los enunciados y sus efectos en los imaginarios sociales. En otros términos, la propuesta es trabajar en una reelaboración de categorías lingüísticas que no sean observadas como parte de una ciencia exacta, pero tampoco como una simple práctica empirista que resulta en un relativismo subjetivista. Tomando en cuenta que la literatura mantiene relaciones específicas con el lenguaje, no se la puede limitar al plano lingüístico formal y a sus efectos estéticos, pues esto significaría ocultar su carácter histórico-concreto.

Desconocer la existencia del agujero negro de la literatura colonial nos lleva a una pérdida de la memoria cultural.24 Por eso, el examen atento de las formas concretas, variadas y complejas, que asumieron las letras de ese período, sigue siendo un tema de reflexión tan relevante como imprescindible. No hacerlo significaría sumarse a la pregunta que, con todo acierto, se formula Françoise Perus:

¿No estará la globalización mediática –con su formidable capacidad de disolución de los objetos de pensamiento y de “recuperación” de nociones y conceptos para su propia legitimación-transformando también en “ideas fuera de lugar” a estos esfuerzos de dilucidación de realidades históricas y concretas? (2009, p.26).

La mayor tarea recae en la academia en lo que respecta a la búsqueda, digitalización y/o publicación y al estudio de los textos literarios. Al respecto, los nuevos medios electrónicos con tecnologías actuales permiten un acceso más rápido para un numeroso público y contribuyen a la dinamización de la memoria cultural. Aunque también podría darse el caso de que la memoria cultural se desestabilice, se cuestionen las versiones hegemónicas del pasado y se posibilite la reformulación de los cánones.

Por otro lado, la puesta en práctica de la arqueología literaria implica la conjunción de esfuerzos de varios “agentes” del campo social; no es responsabilidad solamente de la academia y de la crítica ensayar nuevas estrategias de resistencia frente al mercado, ni marcos conceptuales que impliquen un mayor esfuerzo de formación para el estudio literario. En este sentido, no se puede claudicar con respecto a las exigencias de cambio para las entidades estatales que indirectamente participan del proceso de desarticulación de las herencias literarias por su forma inadecuada de organizar el mercado del libro.

Si la educación es asunto estatal se necesita también unificar objetivos entre las instancias estatales encargadas del manejo de la educación y cultura con la academia; no solo para reclamar, con todo derecho, fondos para fomentar y difundir investigaciones, sino para establecer lineamientos conjuntos y transparentes de los objetivos que en estos campos se pretende a mediano y largo plazo. Estos lineamientos deberían incluir proyectos de democratización de la enseñanza de calidad, que retome el valioso aporte de las Humanidades, y de la literatura en particular, y no se olvide de los procesos de rememoración en el nuevo contexto de la globalización cultural. Asimismo, las discontinuidades en los ámbitos de alfabetización y escolarización podrían superarse con el impulso a formas de lectura más críticas e imaginativas, basadas en la deliberación y el juicio personal y en la reflexión acerca de los elementos de la tradición cultural heredada, que siempre está sujeta a reelaboración y reapropiación.

La arquitectura literaria puede considerarse también un medio idóneo para orientar a los lectores en el laberinto de la literatura local y proveerles de instrumentos de recepción crítica, tanto para las obras literarias de la Colonia como para las actuales. En este momento la lógica que articula el valor literario y la respuesta de los lectores ya no tiene que ver con la estética del lenguaje, sino con los textos que se anuncian como los de mayor venta en el mercado y que normalmente están vinculados a los temas de moda de un amplio imaginario colectivo. La idea es sustituir los modos de lectura volcados hacia formas consumistas y efímeras por otras formas que unifiquen al lector con el mundo de la obra literaria. La hermeneútica podría ser el recurso para contrarrestar los excesos del estructuralismo y devolverle a la literatura parte de su función social y cultural, así como también para apoyar las modalidades específicas de diálogo y de cuestionamiento del lector con los lenguajes establecidos.

Habría que aprovechar también algunas condiciones del campo literario ecuatoriano actual25 que son favorables porque buscan la transformación de las relaciones del público lector con la literatura. Así, las editoriales independientes, que han crecido en los últimos años en el país, ofrecen productos innovadores e incluso organizan actividades especiales que atienden los problemas de la circulación y recepción de los libros26. De igual manera, algunas librerías han resistido la arremetida de los grandes conglomerados de la edición que trabajan con criterios globales.

El apoyo a estas iniciativas garantiza la bibliodiversidad para los lectores locales, si se confía en la propuesta de Ignacio Echevarría (2007) acerca de la circulación de la narrativa entre España y Latinoamérica que actúa en este período de globalización cultural por medio de dos circuitos superpuestos: un circuito local o nacional y otro circuito transnacional. Éste último centralizado por la industria editorial española. El primer circuito no habría renunciado a la variante lingüística ni a las referencias locales, es decir, las obras literarias se leen en relación a tradiciones locales y con la variable nacional del español; mientras que el segundo circuito sería el que consagra a la narrativa hispanoamericana y estaría constituido por una selección mercantil de las narrativas de cada país y el uso preponderante del denominado “panespañol”27.

Ana Gallego (2014) participa del criterio de Echevarría, aunque se refiere más bien a dos formas de lectura hegemónicas: una global o posnacional y otra local o nacional. La literatura local, según Gallego, circularía en editoriales pequeñas, diversificadas e independientes y estaría dirigida a lectores también locales, que han logrado resistir las dinámicas de consenso y homogeneización del mercado transnacional. En cambio, el parámetro posnacional apuntaría a un objeto global expresado con un lenguaje más consumible y traducible, porque ha rebasado las fronteras nacionales, desterritorializándose y transformando la creación y la recepción de las obras literarias.

En definitiva, la propuesta de la arqueología literaria podría actuar como un contrapeso a la banalización de la literatura globalizada. Además, sería una manera de fortalecer a esta disciplina como una poderosa herramienta de defensa intelectual, ya que incentiva el ejercicio del pensamiento crítico y como una llave de apertura hacia nuevos umbrales para los estudios literarios en el país. Interrogar al futuro implica reconocer que el campo literario es una zona de interrelaciones con límites fluctuantes, y que el desconocimiento de algunas de esas interconexiones desdibuja aún más la información que podemos obtener sobre la dinámica de sus “agentes”.

1.5 Conclusiones

La revisión de las condiciones en las que se gestó y se desarrolló la literatura ecuatoriana durante el período colonial permitió explicar el porqué de la aparente carencia de obras literarias en esa época. La razón principal fue que la sistematización del legado literario respondió a un concepto estrecho de literatura y a un descuido de la diversidad cultural. El resultado fue la marginación de muchos textos todavía desconocidos para los lectores de la actualidad. Esta situación se intensificó a partir de las transformaciones económicas adoptadas por el mundo editorial español en una época de globalización cultural que sentó las bases de nuevos modelos narrativos y otras formas impositivas del mercado cultural global.

Las premisas anteriores focalizan la atención de los estudios literarios en la denominada arqueología para sistematizar y analizar el legado literario colonial a partir de una recreación de conceptualizaciones y metodologías adaptadas a sus características particulares. Esta tarea compete sobre todo a la academia, pero no solo a ella. Una coordinación entre la academia y las instituciones estatales podría traducirse en una repotenciación de la literatura y la lectura.

Finalmente, es posible ratificar la idea de que los textos marginados de la Colonia han asumido un papel similar al de un agujero negro en el espacio astronómico que requiere ser iluminado mediante un trabajo especializado que los reincorpore tanto como memoria cultural como en sus formas lingüísticas para posibilitar la conceptualización de un campo literario confiable. Resulta, asimismo, imprescindible el diálogo de los lectores contemporáneos con la diversidad de tradiciones pasadas y esa lectura significa que sean capaces de orientarse y relacionarse adecuadamente con ellas. Al socializar el legado literario oculto y ponerlo al alcance de lectores locales, a través del sistema de educación y de las editoriales y librerías independientes, se potenciarán nuevas modalidades de lectura que desgasten la actual noción de consumo y neutralicen los discursos homogeneizantes de la globalización cultural.

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  1. 1

    Los términos “arqueología literaria” los leí por primera vez en un correo del profesor Álvaro Alemán (Universidad San Francisco de Quito) en 05.2022.

  2. 2 Friedhelm Schmidt-Welle (2003) propone que las ficciones fundacionales del siglo XIX sirvieron en América Latina para crear un marco de integración social sobre la base de cierta homogeneidad cultural, demográfica e histórica, que en la realidad no existía en las jóvenes naciones. En otros términos, esas ficciones evadieron la diversidad del subcontinente y por eso el adjetivo “olvidados” tiene una carga irónica; su abandono fue intencional.

  3. 3

    Estos conocimientos aparecen ya como resultado de la Teoría de la relatividad de Einstein. Stephen Hawking los amplia, por ejemplo, en su obra Black Holes and Baby Universes and other Essays (1993). El Premio Nobel de Física de 2020 fue otorgado a investigadores (Penrose, Ghez y Genzel) sobre este tema. En la actualidad, Enrique Rinaldi, un físico de la Universidad de Michigan, estudia el interior de los agujeros negros por medio de la computación cuántica y la inteligencia artificial.

  4. 4 En un diálogo con Álvaro Alemán (24.02.2025).

  5. 5 Al hablar de campo literario resulta difícil evadir el sistema teórico del sociólogo francés, Pierre Bourdieu (2011), quien postuló a este concepto como uno de los ejes centrales de su pensamiento “relacional”. Para Bourdieu todos los campos sociales, incluyendo el literario, están organizados a través de relaciones entre sus miembros, a los que él llama “agentes”. Estos “agentes” interaccionan entre sí tratando de lograr las ganancias específicas que están en juego dentro del campo; en el caso de la literatura se trata principalmente de lograr reconocimiento social, económico y simbólico. En otras palabras, la conceptualización del campo literario asume como objeto de estudio no al individuo sino al “agente” que se constituye socialmente en el campo porque reúne ciertas cualidades que le permiten ser parte de ese grupo.

  6. 6

    Los campos sociales de Bourdieu no existen en la realidad, son una especie de diagramas mentales, que representan a una trama de relaciones entre los “agentes” sociales y permiten reflexionar, como en un tablero de ajedrez, acerca de las posibles movidas de los diferentes “agentes” y el desarrollo del campo en su conjunto. Cada escritor ocupa un lugar del campo; esta posición (que no es inamovible) influye en su escritura, en su concepción de la literatura y en sus interrelaciones con los otros “agentes”.

  7. 7 Las comillas se deben al uso que Pierre Bourdieu (2011) otorgó a este término y que está explicado en la nota 5.

  8. 8 Concepto propuesto por Mary Louise Pratt como “[...] espacios sociales donde culturas dispares se encuentran, chocan y se enfrentan, a menudo dentro de relaciones altamente asimétricas de dominación y subordinación, tales como el colonialismo, la esclavitud, o sus consecuencias como se viven en el mundo de hoy.” (Pratt, 2010, p.31).

  9. 9 En el sentido en que Cornejo Polar define la heterogeneidad, como categoría útil “para dar razón de los procesos de producción de literaturas en las que se intersecan conflictivamente dos o más universos socio-culturales.” (Cornejo-Polar, 1994, p.10).

  10. 10 La crítica se preocupó del valor intrínseco de las obras literarias hasta que Northrop Frye en Anatomía de la crítica (1957) rechazó el carácter esencialista y la supuesta literariedad que separa a lo literario de lo no literario. Teorías posteriores como la Estética de la recepción de Wolfgang Iser, Hans Robert Jauss y otros (desde fines de 1960); así como algunas teorías del lenguaje, sobre todo aquellas que consideran que los textos literarios no deben estar despolitizados por las prácticas estetizantes, dejaron de pensar el valor literario como supra temporal y lo pensaron como un constructo variable. Fue el caso también de los Estudios culturales.

  11. 11El uso de comillas dobles se debe a que Pierre Bourdieu (2011) creó esta terminología.

  12. 12 Véase Alexandra Pancho Gamboa (2014). En este estudio hay un apartado destinado a responder la pregunta: ¿en qué consiste la dimensión cultural de la globalización? o, en otras palabras, ¿cuáles son las consecuencias de la globalización actual en cuanto a las maneras de producir, distribuir y consumir productos culturales, en especial los literarios?

  13. 13 Algunos de estos criterios forman parte de las diferentes tendencias de pensamiento que a partir de 1920 rechazan muchos de los principios de la tradición analítica de la filosofía angloamericana y que han sido unificadas bajo el término de “Filosofía postanalítica”. No aceptan reglamentar el lenguaje sobre la base de términos claros y distinciones lógicas. Se alejan de la filosofía como disciplina racional, constructiva y buscadora de la “verdad”, supuestamente en favor de nociones basadas en el consenso del bien ético y social. Uno de sus representantes es Richard Rorty.

  14. 14 En la discusión acerca de si la crítica debe o no ser evaluativa para justificar su nombre.

  15. 15 Este término se emplea en el sentido del filósofo alemán Alexander Gottlieb Baumgarten (2009). Para Gottlieb, la belleza no es más que perfección racional expresada en forma sensorial.

  16. 16

    Oposición binaria de mutua exclusión: término crucial de las teorías del Estructuralismo.

  17. 17 En la Teoría de Freud y en la práctica psicoanalítica se diferencia entre Otro (otra persona) con minúscula y Otro (relacionado a la otredad-alteridad) con mayúscula.

  18. 18 La autonomía del campo literario se refiere a una literatura con su propio sistema de valores (literariedad), desvinculado de los valores externos a ese campo.

  19. 19 No se trata de escribir una nueva historia de la literatura ecuatoriana, ni tampoco de canonizar nuevas obras literarias.

  20. 20 La “arqueología literaria” no está vinculada a la “arqueología” de Michel Foucault y su método de análisis de discursos.

  21. 21 Los estudios literarios en Latinoamérica se han sistematizado, en general, por medio de conceptos y métodos provenientes de la tradición europea y estadounidense.

  22. 22 Jurij Lotman (1989) distingue y defiende también la forma limitada del texto y la semántica inacabada de la obra artística.

  23. 23 La lucha por un nuevo orden social en el que todo es relativo y todo es cultural ha resultado en sociedades que simplifican los problemas. Se piensan libres de prejuicios, pero se muestran más conservadoras aún, y son instigadoras de nuevas intolerancias. Procuran liquidar al pasado por arcaico y solo admiran el presente. Se ha vuelto a etiquetar negativamente a los que no piensan igual, sin hacer distinciones. La novela No voy a pedirle a nadie que me crea, de Juan Pablo Villalobos (2016), parodia de forma magnífica este mundo de la actualidad, en especial el de los estudios culturales.

  24. 24 Para Ute Seydel (2014) cada sociedad tiene su propia forma de relacionarse con su pasado. No obstante, hay que identificar el tipo de memoria a la que nos referimos. La autora hace un fugaz recorrido desde “la memoria colectiva” de Halbwachs (1950), en la que los procesos de rememoración colectiva son fundamentales para dar sentido a los acontecimientos del pasado, para construir la identidad del colectivo y para crear continuidad entre el pasado y el presente. Seydel tampoco pasa por alto a Jan Assmann (1988) para quien la “memoria cultural” se almacena en representaciones simbólicas construidas, en un lenguaje elaborado y en otros soportes. Este tipo de memoria supra temporal tiende a ser formalizada y estabilizada institucionalmente. Al final, se refiere a la propuesta de Astrid Erll (2005); una investigadora que replantea el concepto de Assmann y relaciona a la “memoria cultural” con las “culturas de la rememoración”, cuyo plural integra la heterogeneidad y pluralidad de versiones sobre el pasado dentro de un Estado-nación. La de Erll es una conceptualización más apropiada para un país multiétnico, multicultural (cada una con sus memorias latentes) y marcado por un período colonial como es el Ecuador.

  25. 25 No es posible desconocer los nuevos estudios sobre mujeres escritoras realizados en los últimos años en varias universidades del país.

  26. 26 La editorial El Fakir, por ejemplo, se especializa en series de autores ecuatorianos que cayeron en el olvido o que no tuvieron la circulación que merecían.

  27. 27 Vicente Luis Mora define al “panespañol” como “un dialecto literario que consiste en una especie de castellano estándar mediante el que los escritores van moderando los modismos, eliminando las expresiones localistas, para ser más y mejor entendidos, cualquiera que sea el lugar de Hispanoamérica donde sean leídos” (Mora, 2014, p. 337).