Revista Ecuatoriana de Ciencias Filosófico-Teológicas

N° 1 - Vol. 1, 2024 | e-ISSN: xxxx-xxxx

https://recifit.puce.edu.ec/index.php/revista | DOI:

La Eucaristía: Camino para la fraternidad

The Eucharist: Path to fraternity

Fecha de envío: 23/02/2024

Luis Francisco Gonzaga Troya

Investigador independiente

E-mail: restrepo.william@gmail.com

ORCID: https://orcid.org/0009-0001-9464-2893

Fecha de aceptación: 16/05/2024

Fecha de publicación: 01/07/2024

Abstract

In this year 2024 the LIII International Eucharistic Congress (IEC) will be celebrated in the context of “Fraternity to heal the world”, so this work aims to bring the basic concepts that every Catholic Christian should know. Starting from concepts such as Congress, Eucharist, the errors that should be corrected in this sacrament, and fraternity; as well as presenting different evangelical passages and the formation of priests as key pieces to carry out a good Eucharist. The determination of the concepts is important for the proposed thesis, because, from all that has been mentioned, it is possible to realize that fraternity is transformed, it leaves from the spiritual and is translated into something material.

Keywords: Eucharist, fraternity, church, living bread, formation, commitment.

Resumen

En este año 2024 se celebra el LIII Congreso Eucarístico Internacionala (CEI) en el marco de “Fraternidad para sanar el mundo”, por lo que este trabajo pretender acercar los conceptos básicos que todo cristiano católico debe conocer. Partiendo de conceptos como: Congreso, Eucaristía, los errores que deben corregirse en este sacramento y, fraternidad; además, de presentar diferentes pasajes evangélicos y la formación de los sacerdotes como piezas claves para llevar a cabo una buena Eucaristía. La determinación de conceptos es importante para la tesis planteada, pues, utilizando todo lo mencionado se puede dar cuenta que la fraternidad transforma, sale de lo espiritual y se traduce en algo material

Palabras clave: eucaristía, fraternidad, iglesia, pan vivo, formación, compromiso.

Introducción

A pocos meses de celebrar el Congreso Eucarístico Internacional en la ciudad de Quito, personas denominadas como cristianos católicos no tienen información sobre este acontecimiento. Es una seria preocupación porque si no se sabe el fin de algo se puede caer en una cierta apatía además de un marcado desinterés por la poca información que existe de este tema. Por esto, el objetivo de este trabajo es presentar a la Eucaristía como inicio y camino de fraternidad, teniendo en cuenta sucesos ejemplares relatados en las Sagradas Escrituras, especialmente en los evangelios. Analizando la realidad actual apostólica del Ecuador a través de los pasajes evangélicos y así dar respuesta a lo que se podría hacer en nuestro contexto social y cultural; para esto se señalaran algunos campos en los cuales hace falta mejorar la formación de futuros sacerdotes y, también en el acompañamiento al Pueblo de Dios para un acercamiento personal y profundo al Cristo presente en la Eucaristía.

Definición de Congreso

La palabra tiene un matiz bastante desafortunado en el contexto ecuatoriano y latinoamericano. Un Congreso, (ASALE & RAE, 2014), es una “Conferencia generalmente periódica en que los miembros de una asociación, cuerpo, organismo, profesión, etc., se reúnen para debatir cuestiones previamente fijadas.”

El congreso que se llevará a cabo en Ecuador es Eucarístico, pues su tema principal es la Eucaristía, más conocida entre los fieles como Santa Misa o Misa. ¿y es que acaso habrá cambios en la forma de celebrar la Eucaristía? La verdad es que respecto a cómo celebrar o el orden que tiene el rito no habrá cambios porque el CEI no tiene autoridad para ello, pero es de esperar que los exponentes brinden pautas para una vivencia personal e íntima de la Eucaristía y a un compromiso posterior a ella.

El Congreso es internacional porque tanto sus asistentes como los exponentes acudirán de diferentes naciones y continentes, lo cual, demuestra la universalidad de la Iglesia Católica y la fraternidad que provoca la Santa Eucaristía.

El primer CEI realizado en Lille, Francia, en 1881 impulsado por Emilia Tamisier. Con este Congreso “se creía encontrar en la renovación de la fe en Cristo, presente en la Eucaristía, el remedio a la ignorancia e indiferencia religiosa” (Congresos eucarísticos internacionales, s. f.). El congreso pretendía reunirse anualmente, pero diferentes motivos lo impidieron, desde el año 2000 el CEI se ha celebrado, casi ininterrumpidamente, cada cuatro años.

EL CEI a realizarse en Ecuador se enmarca en línea similar al congreso de Hungría y que, según el documento de trabajo, presentaba semejanzas con el congreso actual (Comité Pontificio & para los CC. EE. II, 2020). Se puede decir que tanto Hungría como Ecuador cuentan con profundas raíces cristianas, de hecho el censo realizado en Ecuador por el Instituto Nacional de Estadísticas y Censos (INEC)1 demostró que más del 80% de ecuatorianos se consideran católicos (INEC, 2012). Sin embargo, se vive una realidad de abandono de la religión y los fieles son cada vez de edad más avanzada.

Esto hace que el CEI sea una oportunidad para que la comunidad católica se muestre como testimonio vivo de fe y de unidad para el mundo. Por eso, ahora, se puede retomar uno de los objetivos del anterior CEI: ofrecer el kerigma, el anuncio gozoso del amor de Dios a los redimidos por Cristo, el Buen Pastor que llama y convoca a los indiferentes y alejados para reunirse y fortalecer las semejanzas por encima de las diferencias.

A continuación, se analizará si es posible fortalecer la fraternidad basándose en algunos pasajes bíblicos.

La fe mueve montañas y la fraternidad… ¿techos?

El Papa Francisco (2020) hablaba de la fraternidad que deja de ser una palabra bonita con buenas intenciones para transformarse en obras. Esto es lo que transmite el pasaje de Mc. 2, 4; que narra lo sucedido en Cafarnaúm. Jesús ha entrado en una casa, la muchedumbre se aglomera. Todos quieren conocer a Aquel que habla con autoridad. El gentío impedía el paso del paralitico y sus acompañantes, pero los improvisados camilleros no se dan por vencidos, suben al techo, quitan algunas tejas y descienden al paralitico. Han cumplido su misión, han hecho lo posible y lo “imposible”, ahora dejan que el Dios-con-nosotros, actúe. El texto brinda un detalle muy especial: “Jesús mirando la fe de aquellos hombres”, la fe transformada en fraternidad dirá “tus pecados están perdonados, levántate, toma tu camilla y vete a tu casa” (cf. Lc. 5, 18-25)

El relato del milagro llega hasta ahí y no se dan más detalles de aquellos hombres ¿Habrán sido amigos del enfermo? ¿familiares? ¿O la simple pena hizo que quisieran ayudarlo? ¿De quién fue la idea? ¿Cómo se le ocurrió? ¿acaso la idea les vino, literalmente, de lo “alto”? o simplemente puede ser que aquellas personas querían ayudar tanto al paralitico que, si lo del techo fallaba, hubiesen sido capaces de cavar un túnel para poner al enfermo frente al Maestro. Su ofrenda fue poner ante el Señor a un ser humano creado a imagen y semejanza de Dios, así como el sacerdote pone en el altar y frente a Dios el pan y el vino, frutos de la tierra y del trabajo humano.

El grito que fastidia a los hermanos

“Señor ayúdala porque viene gritando detrás de nosotros” (cf. Mt. 15, 23) La escena ocurre cuando Jesús se dirigía a la región de Tiro y Sidón, territorio gentil. Una mujer cananea, enterada de la fama de sanador que tenía Jesús, va en su búsqueda, pues su hija está enferma; pronto se da cuenta que la multitud es mucha y al ser una mujer extranjera, no podía acercarse al Rabí; pero con la vida de su hija en juego, recurrirá a una última estratagema: se hará escuchar a gritos. La táctica da resultados, se hace oír y luego de superados ciertos “escollos”, logró el milagro para su hija. Hasta ahí el relato.

Sin embargo, surge una interrogante ¿Por qué Jesús va a los paganos si fue enviado al pueblo de Israel? Barclay (1997) dice que no había lugar en Palestina donde Jesús pudiera gozar de tranquilidad, huir a la región de Turo y Sidón, era un escape temporal a la peligrosa popularidad que se había creado en contra de Él y de la hostilidad de escribas y fariseos que no se hubiesen atrevido a seguirlo a territorio gentil (p. 68). Sabiendo esto, es comprensible que los discípulos no quisieran la atención que aquellos gritos atraían sobre ellos. Es curioso que la reacción de los discípulos no sea hacer callar a la mujer sino pedirle a Jesús que le ordene que se calle (Hendriksen, 2003). A lo mejor esta actitud se daba ya que la mujer en cuestión pertenece a una región pagana y si los judíos en general no tenían un trato amable con las mujeres de Israel, menos lo iban a tener con una extranjera (Pernett, 2017); Los gritos de aquella mujer son gritos que desesperan a los apóstoles, son los gritos de la oveja en busca de su pastor. Un grito que el Papa Francisco, (Francisco, 2013b) pidió que tenga eco en los pastores para que “fueran a las periferias, allí donde nuestro pueblo fiel más lo espera y valora”; olvidándose de ser simples intermediarios o asalariados y “siendo pastores con olor a oveja”.

Volviendo a la cita bíblica, el texto indica que Jesús la oyó, pero no le dijo nada ¿a qué se debe el silencio de Jesús? Barclay (1997) menciona dos argumentos para este silencio: el primero lo constituye la enemistad entre judíos y gentiles; y el segundo sería querer despertar la verdadera fe en aquella mujer (p. 68-69). Por otra parte, Pennet (2017) dice que la sira fenicia hizo comprender a Jesús el plan de Dios, Jesús aprendió de esta mujer que su misión estaba dirigida para todos (p. 29). Como haya sido, el grito de aquella mujer es el grito de tantos hermanos que sufren hoy y que vienen a la Eucaristía, buscando consuelo, buscando hermanos, buscando una palabra que los anime. Barclay (1997) añade un último detalle: aquella mujer sigue a Jesús, pero acaba de rodillas ante Él, empieza gritando y acaba hablándole en oración (p. 70), oración y adoración que llevan a desear que de la acostumbrada frase “voy a oír misa” se pase a lo que la Constitución Lumen Gentium (n.11) dice: “Participando del sacrificio eucarístico (…) ofrecen a Dios la Víctima divina y se ofrecen a sí mismos juntamente con ella”. Esta Victima no vino a calmar conciencias, vino a decir que “no se puede amar a Dios sin amar a los hermanos” (cf. 1 Jn. 4, 20).

La Eucaristía es el nuevo grito del pueblo que suplicante busca, ya no las migajas sino, el Pan de Vida eterna. La Eucaristía, incluso en sus momentos de silencio sigue clamando a los hombres y a Dios para que sus ruegos sean escuchados, para que no se voltee la cara ante las verdades y realidades incómodas de los hermanos. Es de desear que, siguiendo el mandato del Señor (cf. Lc. 9, 13), el cristiano busque saciar el hambre material y espiritual que atenaza el cuerpo y el alma de tantos necesitados.

La fraternidad y su conexión a tierra

“Un hombre descendía de Jerusalén a Jericó” (cf. Lc. 10, 30), Así inicia la parábola del buen samaritano. El judío en cuestión, seguramente había estado en el Templo y regresa a su casa con la certeza de la protección divina: “Él enviara a sus ángeles para que tu pie no tropiece” (cf. Sal. 91, 12); sin embargo, él no tropezó con una piedra sino con unos ladrones quienes lo dejan muy mal herido y a un lado del camino. No lo esconden, lo dejan en la periferia de la vida (“medio muerto”) y en pleno camino, es como si en toda la oscuridad del alma de aquellos maleantes, aun brillara una luz, como si desearan que alguien lo pudiera salvar. El relato dice que por aquel camino pasaron tres personas. Un sacerdote, un levita y un samaritano. Solo uno de ellos, el samaritano, enemigo de los judíos, lo socorrerá.

De esta manera Jesús responde a la pregunta que le habían hecho “¿y quién es mi prójimo?” (cf. Lc. 10, 29), pero al mismo tiempo muestra que la compasión no mira las diferencias que crean enemistad. Cristo “aterriza” la fraternidad para que no se quede en mostrar pena por el otro, sino que ese sentimiento dé paso a la acción. El apóstol Santiago dirá de manera tajante que “la fe sin obras está muerta” (cf. Sant. 2, 17).

En la reciente pandemia, muchas personas transformaron su fe y su convicción en obras, como ejemplo se tiene al personal de salud, tan cercano al dolor y a la muerte y luego olvidado; también es justo mencionar a los sacerdotes y religiosas que decidieron ayudar al prójimo siguiendo la lógica del Maestro “no hay amor más grande que dar la vida por los amigos” (cf. Jn. 15, 13). Así mismo se puede mencionar a los policías, militares, vecinos, familiares, etcétera; hermanos que ayudaron y ofrendaron su vida, porque no basta con la pena o la lástima si el prójimo sigue tirando al filo del camino, así lo manifestó el Papa Francisco (2016) en su catequesis del Buen Samaritano:

¡Ignorar el sufrimiento del hombre, (…) Significa ignorar a Dios! Si yo no me acerco a aquel hombre, a aquella mujer, a aquel niño, a aquel anciano o aquella anciana que sufre, no me acerco a Dios.”

Si la Eucaristía no lleva a ese actuar, la conexión a tierra se pierde, la palabra de Dios nunca “aterrizará en la realidad. Se buscará salvar la propia alma olvidando a los otros. Parafraseando el evangelio se puede decir: “¿de qué le sirve a uno ganar su propia alma si deja que el mundo se pierda?” (cf. Mc. 8, 36), solo se lograría que la sangre de Abel, siga clamando al cielo (cf. Gen. 4, 10).

La eucaristía: camino de comunión espiritual y material

En el libro “El Hambre”, (Caparrós, 2014) se presenta una anécdota sucedida en Níger:

El hambre es un tema del que se puede hablar de manera abstracta exhibiendo los porcentajes de las estadísticas o de manera real como la falta de el alimento que acaba con la vida. Han sido muchas las personas que durante la pandemia carecían del alimento corporal y que agradecían las ayudas que les ofrecían, pero también se evidenció que muchas personas vencían el miedo y asistían a las eucaristías o que al llevárseles la comunión manifestaban su agradecimiento porque era mucha “la necesidad de recibir al Señor” que ellos tenían. Para ellos el alimento espiritual era tan necesario como el corporal.

Por esto se puede afirmar que la fraternidad debe servir al cuerpo y al espíritu. “Denles ustedes de comer” (cf. Lc. 9, 13) les dirá el Señor a los apóstoles. “Denles ustedes de comer”, es una orden, una hoja de ruta para los fieles porque en este mundo sigue habiendo pobres de lo material y de lo espiritual. Aquí se plantea, entonces la necesidad de unir oración y acción, o lo que es lo mismo la Eucaristía debe ser origen de la Acción Social, la comunión del Cuerpo y de la Sangre de Cristo debe llevar a compartir el alimento material. Así lo indica la carta de Santiago (cf. Sant.2, 16) “Si un hermano o una hermana no tienen ropa y carecen de sustento diario, y uno de ustedes les dice: “Vayan en paz, caliéntense y sáciense,” pero no les dan lo necesario para su cuerpo, ¿de qué sirve?”.

Afortunadamente, la iniciativa de unir oración y acción ya se lleva en numerosas parroquias: La “canasta solidaria” o “mercado para los pobres”, se han convertido actividades que involucra a muchas personas, especialmente a los catequizandos; por lo general son ellos quienes distribuyen lo recolectado asegurándose de que los donativos lleguen a las personas que lo necesitan. Sin embargo, y como no solo de pan vive el hombre, es necesario que las cáritas parroquiales también establezcan como objetivo la superación personal en el campo académico, se hace necesario el crear cursos de alfabetización, talleres de actividades a corto plazo que provea de las habilidades para superarse. Un obispo comentaba su experiencia de alfabetizar a los cuidadores de carros, recicladores y otros trabajadores informales, convencido de que “el que no sabe es como el que no ve”. De esta manera la Eucaristía vencerá aquella idea de que “no hay pan”, (los apóstoles también se quejaron de que ni con 200 denarios habría suficiente) (cf. Jn. 6,7), y ayudará a erradicar el asistencialismo que hace creer a los pobres que no son capaces de producir y que deben vivir de la caridad foránea; para esto se hace necesario compartir los medios de producción y también los conocimientos, las ideas, las iniciativas para que el ciego intelectual y/o aquellos que se creen seguros por tener muchas riquezas, puedan reconocerse hermanos al partir juntos el pan (cf. Lc. 24, 13-35)

Zaqueo o el ejemplo de fraternidad desde los “pecadores”

“Señor, voy a dar a los pobres la mitad de todo lo que tengo. Y si he robado algo, devolveré cuatro veces esa cantidad” (cf. Lc. 19, 8) Dice Zaqueo, jefe de publicanos (cobradores de impuestos) y muy rico (cf. Lc. 19, 2). Él deseaba conocer a Jesús y tuvo la feliz idea de subirse a un árbol porque unido al gentío que seguía a Jesús y la corta estatura de Zaqueo le imposibilitaba el poder verlo. Jesús no solo se detiene bajo el árbol, sino que llama a aquel publicano, pues quiere cenar en su casa.

Durante la comida, algo sucede en la mente y en el corazón del anfitrión. El evangelio detalla: “Zaqueo se puso de pie” (cf. Lc. 19, 8a). Como es conocido, los judíos solían comer recostados sobre grandes alfombras y apoyados en cómodos almohadones. Zaqueo se pone de pie porque ha decidido abrir su corazón y su billetera: devolverá cuatro veces más lo robado y compartirá la mitad de sus bienes con los pobres. El hecho de que se haya puesto de pie demuestra que estaba dispuesto a actuar de inmediato, no quiere ni puede esperar más ya que su decisión nace del corazón; se ha puesto de pie como el soldado que se apresta a cumplir una misión.

Algún corazón mal pensado podría pensar que Zaqueo solo quería cumplir la Ley que exigía la devolución de lo robado, pero Abad (2021), manifiesta que la Ley exigía la restitución únicamente de una quinta parte de lo sustraído (cf. Lev 5,24), y del cuádruple o del quíntuple si se trataba de ganado mayor, que aun estuviera vivo y en posesión del ladrón (p. 60). Al parecer ninguna de estas cosas sucedía con Zaqueo, por tanto, se puede deducir (Abad, 2021) que él iba a hacer la devolución no por compromiso social sino por un mandato del corazón. Este habría sido el motivo para que el Señor llamara a este “pecador” un “verdadero descendiente de Abraham” (cf. Lc. 19, 9).

Además, Jeremías (1980) manifiesta que si el dinero venia de los “pecadores” no se debía aceptar por ser dinero ligado a la injusticia, y quienes ejercían ciertos oficios (pastores, cobradores de impuestos y publicanos) no sólo eran despreciados por el pueblo sino rechazados de iure, pues se los tenían oficialmente como ilegales y proscritos, carecían de derechos civiles y políticos que incluso los bastardos gozaban a pesar de su origen gravemente manchado (p. 323). Un justo jamás compartiría la mesa con estos impíos (cf. Sal 26,5; Sal 141,4-5; Sal 139,21-22) y por eso la acción de Jesús de llamar a un publicano como discípulo constituía una verdadera monstruosidad (Jeremias, 1980) y un escándalo el que dijera que los publicanos y pecadores compartirían con el Mesías, el banquete celestial (p. 323)

Con todo este trasfondo cultural y social, la comida de Jesús con Zaqueo reviste de importancia. Esta cena cambia la vida del anfitrión y el concepto que tenía de sí mismo: Ya no es el “enemigo de su pueblo” sino un verdadero descendiente de Abraham. Es de desear que la Eucaristía, verdadera Cena donde se ofrece el Cordero Pascual, lleve a los fieles a ese cambio en la manera como se ven a sí mismo y a los demás.

¿A qué debe llevar la Eucaristía y la adoración eucarística?

La Última Cena, para Jesús y los discípulos no fue una comida de pascua más, se constituyó en el Banquete que se debe seguir celebrando en memoria de Cristo, de su sacrificio redentor (cf. Lc. 22, 19). La impresión que las palabras y los gestos de Jesús provocaron en los apóstoles fue de tal magnitud que el mismo Pablo cerca de 20 años después cuando escribe su primera epístola a los corintios (circa 54 d.C.) les dirá que recibió del Señor lo que les va a transmitir y habla de la institución de la Eucaristía (cf. 1 Cor. 11, 22-34). Pablo no presenció la Última Cena, su testimonio proviene de la práctica de los apóstoles, por eso está seguro que esa tradición tiene origen en el mismo Cristo. Esta práctica se siguió realizando luego de la era apostólica y por eso hacia el año 150 d.C., en la apología de san Justino, ante el emperador Antonino Pío, vuelve a aparecer la Eucaristía como fuente de vida para la comunidad cristiana.

La eucaristía, por tanto, ha llegado hasta hoy como un deseo, pero también como un mandato de Cristo para que los fieles se reúnan en torno a su Palabra y para la comunión de su Cuerpo y de su Sangre.

Un buen medio para evitar la sensiblería de estos tiempos, es la constante presencia de los fieles ante Jesús Sacramentado, práctica iniciada en Francia con Luis VII que pidió exponer el Santísimo Sacramento para conmemorar la victoria sobre los albigenses; La adoración de Jesús Sacramentado implica una “presencia presente”2 de los fieles ante el Mesías. Esta presencia, debe seguir el objetivo de las continuas “escapadas” del Señor Jesús a lugares solitarios donde podían entrar en oración, en comunión, con el Padre celestial. Esta oración personal, íntima y profunda es la fuente y el alimento que le permita al Salvador, continuar con su misión a pesar de la incomprensión de sus discípulos o del propio pueblo de Dios (cf. Mt. 23, 37).

Cuando los discípulos le piden a Jesús que les enseñe a orar, el Señor no les brinda un discurso o un taller intensivo de oración, él les hará ver que oración debe basarse en una nueva relación con el Padre: “Avinu shebashamaim” (Padre nuestro que estas en el cielo). Ya no es el Dios guerrero, el Dios vengador, ni siquiera el Dios que sacó a Israel de Egipto (cf. Deut. 26, 8) simplemente es Padre, nuestro Padre. Esta nueva relación la mantendrá incluso después de la resurrección: “Ve y di a mis hermanos, subo a mi Padre y su Padre a mi Dios y su Dios” (cf. Jn. 20, 17) María entenderá a quienes se refería el Señor y por eso va donde estaban los discípulos y entregará el mensaje.

Se hace necesario, volver al ejemplo que nos ofrece la primera comunidad cristiana, donde nada se consideraba propio, sino que los que tenían vendían sus posesiones y el dinero lo llevaban a los apóstoles para que lo repartieran, de manera que no había necesitados entre ellos. (cf. Hc. 4, 32-35). Se corrobora con esto lo dicho anteriormente, la fe debe llevar de la oración a la acción, a la preocupación por sus hermanos. La Eucaristía, tiene que llevar a los fieles a esa intima comunión de hermanos para evitar la vanidad disfrazada de humildad (cf. Hc. 5, 1-25).

Además de esto, en las primeras comunidades, la Eucaristía se va volviendo poco a poco en lugar donde se experimenta la fraternidad, y esto se logra por caminos un tanto extraños, bien dicen que “Dios escribe recto con reglones torcidos”. La Primera carta a Los Corintios trae las dos situaciones bastante fuertes que ellos, y a lo mejor otras comunidades, debieron enfrentar: El primer problema es que, por la convivencia de cristianos y paganos, muchos se veían comprometidos a asistir a las cenas paganas, donde se consumía carne inmolada a los ídolos (cf. 1 Cor. 8, 7-10). Algunos cristianos consideraban no hacer nada malo porque su un “conocimiento superior” como lo llama Pablo (cf. 1 Cor. 8, 10) así se los indicaba, pero no se daban cuenta que esto causaba escándalo en los recién convertidos. debido a que luego de estar en los banquetes se dirigían a compartir la Cena del Señor. Pablo, según Olbricht (2012), advierte a unos y otros acerca del peligro que esto representa (cf. 1 Cor. 8, 11), la Cena del Señor no se puede confundir o equiparar a las comidas ofrecidas a los dioses paganos “ Los cristianos no pueden mostrar verdadera fidelidad a Jesús al comer tanto de la mesa del Señor como de la mesa de los demonios.” (p. 9); para Barclay (1997), las comidas eran ofrecidas por distintos gremios de trabajadores y comerciantes y además de ofrecerlos en los templos paganos, “sucedía a menudo que estas comidas gremiales se convertían en borracheras y orgias” (p. 121); asistir a una de estos banquetes hubiese significado compartir todo lo que ello comportaba con grave daño espiritual para el creyente.

En este sentido la fraternidad adquiere un nuevo rostro: No ser escandalo para los demás. O como dice san Pablo, “todo me está permitido, pero no todo me es de provecho” (cf. 1 Cor. 10, 23). El cristiano no solo está llamado a vencer las tentaciones y ser ejemplo para otros, sino y primeramente a no ser escandalo para sus hermanos.

El segundo problema al que se van a enfrentar los creyentes lo relata la misma carta a los Corintios: algunos se adelantaban a comer mientras otros pasaban hambre (cf. 1 Cor. 11, 21). Aunque el sentido de este texto no es exacto, se puede dar tres alternativas (Olbricht, 2012): la primera seria que los creyentes daban mayor realce a los ágapes dejando en segundo plano la Cena del Señor. Una segunda posibilidad es que para algunos la Cena del Señor pudiese significar una comida regular en la cual el pan y el vino se usaban como comida ordinaria y por eso se abusaba del pan y del vino, menospreciando lo instituido por Cristo. Y una tercera posibilidad es que o los invitados traían su propia comida o el dueño de casa les brindaba alimentos, una especie de celebración social mezclada con la Cena del Señor (p. 4-5). En este caso sería muy difícil distinguir donde iniciaba una y donde la otra llevando a tratar con menos dignidad la Cena del Señor.

Como se ve, la Eucaristía, tuvo que irse abriendo paso entre malos entendidos y desafíos dentro y fuera de la misma Iglesia. Los fieles tuvieron que aprender a comportarse siendo ejemplo para paganos y creyentes, aprendiendo a ser “mansos y humildes de corazón”. Hoy, en un mundo convulsionado por la violencia y la apatía, la Eucaristía es un nuevo llamado a esa fraternidad que no se conforma con tranquilizar al creyente, sino que lo invita a orar y a actuar en favor de los hermanos, evitando polarizar a la iglesia y siendo más bien “sal y luz del mundo” (cf. Mt. 5, 13) que tanto necesita de hermanos más que de defensores de ideologías.

Una acotación más, los textos mencionados anteriormente tienen como punto central la fraternidad, eso es evidente, pero no una fraternidad que se quede en pura ideología, o una fraternidad “light” que usa al hermano cuando le conviene o cuando eso está de moda sino, una fraternidad que como dice Pablo se hace pobre con los pobres, ignorante con los ignorantes porque desea llevar a todos a Cristo (cf. 1 Cor. 9, 20-22).

La preparación y transmisión de la ortodoxia de la fe

El libro de Oseas trae palaras duras contra aquellos que no transmiten el conocimiento de la fe: “Mi pueblo perece por falta de conocimiento; y como tú rechazaste el conocimiento, yo te rechazaré a ti de mi sacerdocio; por haber olvidado la ley de tu Dios” (cf. Os. 4, 6). La fe nace en los sacramentos, especialmente, en la Eucaristía nace en el hogar y se fortalece en la catequesis. Por ello es importante presentar qué se enseña en la catequesis de Primera Comunión tanto a niños/as como padres Con dolor se tiene que reconocer que los encuentros de catequesis se han convertido en clases relativamente aburridas y no en experiencias dinámicas y vivenciales. En muchos casos, el niño debe acudir a la catequesis en un día de descanso escolar (sábado o domingo), con manuales de catequesis que suponen un cierto conocimiento de la fe cristiana, cosa que en muchos hogares no existe.

Los catequistas, en no pocos casos, acuden a los encuentros, equipados con más buena voluntad que con los medios, conocimientos y metodologías necesarios para compartir su experiencia de Dios. En ocasiones, y ante la fata de recursos económicos, acuden a sus reuniones sin una Biblia o con Biblias donadas por grupos no católicos; ante esto surge la pregunta ¿Es la buena voluntad suficiente para transmitir la fe? Ciertamente no, porque las mismas Escrituras animan a estar preparados para dar razón de la fe (cf. 1 Pe. 3, 15: Hc. 18, 4; 2 Tim. 3, 16-17) y hoy como al inicio del cristianismo se hace necesario la defensa de la fe, frente a una nueva ola de herejías que se presentan con lenguaje moderno, pero con los mismos errores del pasado (arrianismo, nestorianismo, subordinacionismo, adopcionismo, etc.) es fundamental renovar el material catequético para que responda a estos desafíos. Y es primordial que se forme permanentemente a los catequistas para que no se sientan olvidados o abandonados, ayudando a que aquellos catequistas con varios años en el “cargo” renueven su experiencia vivencial de la Eucaristía fortaleciendo su relación personal con el Señor. Este es el inicio para tener cristianos convencidos de su fe y no solo personas que vean los sacramentos como requisitos o tradiciones familiares que no revisten de mayor importancia.

  1. Formación de futuros sacerdotes

Hoy hace falta una renovación en el espíritu del clero para sentirse pastores y no asalariados, para servir a las personas y no para aprovecharse de ellas (cf. Ez. 34, 3) para recordar que el sacerdote es medio de bendición, tal como lo dijo el Papa Francisco (2013):

Nuestra gente agradece (…) cuando el evangelio que predicamos llega a su vida cotidiana, (…), «las periferias» donde el pueblo fiel está más expuesto a la invasión de los que quieren saquear su fe. Nos lo agradece porque siente que hemos rezado con las cosas de su vida cotidiana (…) entonces se anima a confiarnos todo lo que quieren que le llegue al Señor: «Rece por mí, padre, que tengo este problema...». «Bendígame, padre», y «rece por mí» son la señal de que la unción llegó a la orla del manto, porque vuelve convertida en súplica, súplica del Pueblo de Dios.

La gratitud y el ofrecimiento que el sacerdote hace de la Eucaristía, debe reflejar fielmente lo que hizo Jesús durante su vida y específicamente en la Ultima Cena: ofrecerse para que los otros tengan vida y vida en abundancia (cf. Jn. 10, 10). En las universidades, en los seminarios o en las casas de formación, los temas relacionados con la Eucaristía son de enseñanza obligatoria.

La gratitud y el ofrecimiento que el sacerdote hace de la Eucaristía, debe reflejar fielmente lo que hizo Jesús durante su vida y específicamente en la Ultima Cena: ofrecerse para que los otros tengan vida y vida en abundancia (cf. Jn. 10, 10). En las universidades, en los seminarios o en las casas de formación, los temas relacionados con la Eucaristía son de enseñanza obligatoria. Esto está muy bien ya que como dice Huerta & Blanco (2010) “(es necesario que) la educación sea ¨la dama de honor¨ de los planes reformadores o revolucionarios con voluntad de perdurabilidad sean del signo que sean” (p. 103). Sin embargo, puede suceder se suponga que los candidatos conocen muchas cosas que son básicas: la vivencia eucarística, la explicación del lenguaje teológico y litúrgico, el significado de los gestos, la razón de las posturas dentro de la Eucaristía, etcétera. Se hace esencial recordar que lo no entendido, no será asumido. Es de desear que la formación en los seminarios ayude a los estudiantes a vivir con alegría la Eucaristía, y la presente como el acontecimiento liberador por excelencia (Dussel, 1973):

La pascua es el pasaje que se conmemora como fiesta de la alegría: la eucaristía. La eucaristía es la fiesta de la liberación de Egipto (…); es lo que se siente cuando un pueblo grita cuando ve que ha triunfado de una esclavitud; (…) es como un salir de la prisión. (…) La redención es un servicio por el que el samaritano ayuda al pobre a hacerse un hombre nuevo; lo saca de la esclavitud; lo pone en la libertad. (p. 45)

Esta liberación del egoísmo y esta alegría de la fe ya se vive en los primeros creyentes: “Ninguno decía ser suyo propio nada de lo que poseía, sino que tenían todo en común (…) los que poseían heredades o casas, las vendían, y traían el producto de lo vendido a los pies de los apóstoles; y se repartía a cada uno según su necesidad.”. (cf. Hc. 4, 32-35). Como se ha dicho antes, esta fraternidad está reavivándose en diferentes comunidades.

Cuidado de la Eucaristía

El Papa Francisco, (2014) decía que “los sacerdotes, al igual que los aviones, solo son noticia cuando caen” por eso es necesario prevenir en lo posible ciertas caídas especialmente con varios elementos de la Eucaristía:

La homilía; ya en la exhortación Evagelii Gaudium, el papa Francisco (2013) manifestaba que la liturgia de la Palabra es “el dialogo de Dios con su pueblo” (n. 137), insistiendo en que es un dialogo “amoroso” (n.137) y que la homilía es el “retomar ese dialogo que ya está establecido entre el Señor y su pueblo”; de ahí que ella, “no puede ser un espectáculo entretenido, tampoco una charla o una clase sino que debe orientar a la asamblea y también al predicador, a una comunión con Cristo en la Eucaristía que transforme la vida” (n. 138).

(el que muy pocos comulguen) me hace pensar que tal vez allí no se visitó con asiduidad - seguramente porque no se pudo -, y por tanto no se fomentó suficientemente la celebración eucarística y no hubo formación para la participación plena de niños y adultos. Además, probablemente se enseñó a la gente el requisito de estar “en gracia de Dios” (pero sin tampoco lograr potenciar el sacramento de la reconciliación en cualquiera de sus formas) y por supuesto “bien casados”(…) De modo que: hemos ido poco a celebrar la Eucaristía, y encima hemos cargado al pueblo pobre con una disciplina “que excluye y aleja, convirtiendo la Iglesia en una aduana” Francisco, (2023). A esto se añade, la imposibilidad de los divorciados vueltos a casar aunque lleven vida ejemplar (Betto, 2007):

Doña Raimunda se unió a otro hombre que la ayudaba en la sobrevivencia y en la educación de los hijos en una situación de extrema penuria. ¿Debería decirle que no se acercara a la mesa eucarística? En aquel momento el papa Juan Pablo II, de visita en Chile, daba la comunión al general Pinochet.

Como seres humanos siempre estará presente la posibilidad de cometer errores, pero un signo de fraternidad es acoger los consejos y corregir los errores sabiendo que “quien convierta a un pecador del error, salvará un alma de muerte”. (cf. Sant 5, 20)

Conclusiones

La Eucaristía crea hermandad, e invita a responder con esperanza y amor a los desafíos que se presentan hoy. El sacerdote no es una persona sin errores, y aunque el pecado lo haya herido (cf. Heb. 5, 2), debe saber que no por eso debe desmayar, sino que su sufrimiento unido a la Pasión de Cristo ayuda y fortalece a todos. Por eso, y confiando en el Buen Pastor, se debe:

  1. Recordar que Cristo no excluyó a nadie de la Ultima Cena, ni siquiera a quien lo iba a traicionar (cf. Lc. 22:17-23; Mc. 14:20-25; Mt. 26:20-29), eso es fraternidad en su máxima expresión. Una fraternidad que echa cierta luz sobre el discípulo al darse cuenta de su error (cf. Mt. 27, 3). Nadie está excluido y por eso conviene insistir en que los feligreses no se auto excluyan reemplazando la presencia física en el templo por la asistencia virtual a la Misa. (cf. Mt. 18, 20).
  2. Es necesario educar e insistir en el valor del silencio en la Eucaristía, y en la adoración eucarística. Hoy se quiere llenar ambos espacios con oraciones, cantos, reflexiones; dejando poco tiempo para la oración personal, es necesario recordar que Dios se manifiesta en el silencio y en la paz (cf. 1 Rey. 19, 3-15).
  3. Los sacramentos tienen validez porque se realizan ex opere operato es decir por el sacrificio de Cristo en cruz; pero los creyentes de estos tiempos también exigen el ex opere operantis es decir que el sacerdote sea el reflejo más fiel posible de Aquel que es alimento de vida eterna y que nos resucitará en el último día (cf. Jn. 6, 40)

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Referencias

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  1. 1 Este censo fue y es hasta la fecha, el único censo que incluía preguntas acerca de la filiación y prácticas religiosas de la población.

  2. 2 Esta expresión indica la participación de la persona con su mente y corazón, con sus cinco sentidos, puestos en ese momento de adoración, porque en muchos casos llega el cuerpo, pero la mente está en otras cosas.