Ecología integral y espiritualidad frente a la devastación ecosocial

El caso de la Comunidad de Paz de San José de Apartadó, Colombia

Integral Ecology and Spirituality in the Face of Ecosocial Devastation The Case of the Peace Community of San José de Apartadó, Colombia

Emilse Galvis Cristancho

Profesora del Centro de Formación Teológica de la Pontificia Universidad Javeriana, Colombia. Doctora en Literatura por la Universidad de Antioquia. Magíster en Hermenéutica Literaria por la Universidad Eafit. Teóloga por la Universidad Católica de Oriente. 0000-0003-1250-9042 galvis_lemilse@javeriana.edu.co

Natacha Ramírez Tamayo

Profesora del Centro de Formación Teológica de la Pontificia Universidad Javeriana, Colombia. Doctora en Literatura por la Universidad de Antioquia. Magíster en Hermenéutica Literaria por la Universidad Eafit. Teóloga por la Universidad Católica de Oriente. Pontificia Universidad Javeriana, Colombia. 0000-0001-7109-1278 natacha.ramirezt01@javeriana.edu.co

® https://doi.org/10.26807/recifit.v3n5.86

Fecha de recepción: 3 de marzo de 2026 Fecha de aprobación: 28 de mayo de 2026 Fecha de publicación: 27 de junio de 2026

Citar como: Emilse Galvis Cristancho, Natacha Ramírez Tamayo, (2026). Ecología integral y espiritualidad frente a la devastación eco-social. Revista Ecuatoriana de Ciencias Filosófico-Teológicas, Vol. 3, N.º 5, pp. 81–96.

Resumen

Se presenta una perspectiva teológica sobre la crisis eco-social a partir de la encíclica Laudato si’ y de una experiencia situada en América Latina. El análisis se desarrolla desde el diálogo entre ecología, teología y espiritualidad en la Comunidad de Paz de San José de Apartadó, en el Urabá antioqueño, uno de los territorios afectados por el conflicto armado en Colombia.

Se señalará que la Comunidad de Paz de San José de Apartadó ha consolidado durante años un ejercicio de resistencia frente a las dinámicas de la violencia estructural en el marco de una serie de prácticas eco-sociales y espirituales vinculadas a sus modos de habitar el territorio, sus formas de ser-en-común con los seres humanos y no humanos y a formas de memoria histórica en relación con su pasado y sus tradiciones.

En primer lugar, se desarrollan los conceptos de eco-teología, ecología integral y antropocentrismo desde la encíclica Laudato si’ y la exhortación apostólica Laudate Deum del papa Francisco. En segundo lugar, se presentarán las prácticas de resistencia de la Comunidad de Paz de San José de Apartadó y las posibilidades espirituales vinculadas a sus raíces y tradiciones. Finalmente, estos elementos serán articulados para construir una perspectiva teológica frente a la crisis social y ambiental. Se sostendrá que esta Comunidad de Paz constituye un referente de paz y una experiencia significativa de comunión con la naturaleza.

Palabras clave: Comunidad de Paz de San José de Apartadó; ecología integral; ecoteología; espiritualidad; Laudato si’; papa Francisco.

Abstract

A theological perspective on the eco-social crisis is presented, based on the encyclical Laudato si’ and on a situated experience in Latin America. The analysis is developed through the dialogue between ecology, theology, and spirituality within the Peace Community of San José de Apartadó, located in the Urabá region of Antioquia, one of the territories affected by the armed conflict in Colombia.

It will be argued that the Peace Community of San José de Apartadó has consolidated, over the years, an exercise of resistance against the dynamics of structural violence within the framework of a series of eco-social and spiritual practices linked to their ways of inhabiting the territory, their forms of being-in-common with human and non-human beings, and their modes of historical memory in relation to their past and traditions.

First, the concepts of eco-theology, integral ecology, and anthropocentrism are developed from the encyclical Laudato si’ and the apostolic exhortation Laudate Deum by Pope Francis. Second, the resistance practices of the Peace Community of San José de Apartadó and the spiritual possibilities linked to their roots and traditions are presented. Finally, these elements are articulated to construct a theological perspective on the social and environmental crisis. It will be argued that this Peace Community constitutes a reference for peace and a significant experience of communion with nature.

Keywords: Peace Community of San José de Apartadó, integral ecology, eco- theology, spirituality, Laudato si’, Pope Francis

Introducción

En este artículo se propone una perspectiva teológica desde la encíclica Laudato si’ frente a la crisis social y ambiental, a partir de una experiencia situada en América Latina. Específicamente, se trata de una perspectiva de análisis que surge del diálogo entre ecología, teología y espiritualidad en una comunidad de paz en Colombia, constituida como una forma de resistencia frente a las dinámicas de violencia estructural que se despliegan en su territorio y frente a formas dominantes de ecología que no responden a sus modos de habitarlo. Nos referimos a la Comunidad de Paz de San José de Apartadó, ubicada en la región del Urabá antioqueño, uno de los territorios más afectados por el conflicto armado en Colombia.

Se busca mostrar que esta comunidad de paz se sostiene actualmente mediante una serie de prácticas eco-sociales y espirituales vinculados a sus modos de habitar el territorio, a prácticas cotidianas relacionadas con sus formas de ser-en-común con los seres humanos y no humanos, y a formas de memoria histórica ligadas a su pasado y sus tradiciones.

En un primer momento, se desarrollarán los conceptos de eco-teología, ecología integral y antropocentrismo abordado desde de la perspectiva teológica propuesta en la encíclica Laudato si’; en un segundo momento, se presentarán las prácticas de resistencia de la Comunidad de Paz de San José de Apartadó en relación con su forma de habitar el territorio y con las posibilidades que emergen de sus raíces y tradiciones; finalmente, se pondrán en diálogo ambos saberes con el fin de configurar una perspectiva teológica frente a la crisis social y ambiental, tomando como referente esta comunidad de paz.

1. Ecoteología, ecología integral y antropocentrismo situado

La reflexión ecológica propuesta por Francisco puede comprenderse a partir de tres categorías estrechamente relacionadas: la eco-teología, la ecología integral y el antropocentrismo situado. La primera ofrece el marco teológico desde el cual se interpreta la crisis ecológica; la segunda propone una forma de comprender las relaciones entre naturaleza, sociedad y espiritualidad; y la tercera busca replantear el lugar del ser humano en el conjunto de la creación. A continuación, se desarrollan estas categorías y sus principales implicaciones.

El papa Francisco ha publicado la carta encíclica Laudato si’ sobre el cuidado de la casa común (2015), la exhortación apostólica Querida Amazonía (2020) y la exhortación apostólica Laudate Deum sobre la crisis climática (2023). Estos documentos han convertido a Francisco en un referente mundial en la reflexión sobre el cuidado del planeta y reflejan un giro del pensamiento teológico hacia las cuestiones ecológicas. En particular, la encíclica Laudato si’ ofrece una comprensión de la interrelación entre la crisis ecológica y la justicia social, al tiempo que propone orientaciones para transformar la manera de comprender la relación entre la humanidad y la naturaleza. Asimismo, destaca el papel de la educación y la espiritualidad en la respuesta a estos desafíos. Estos elementos constituyen aportes relevantes para abordar los problemas ambientales contemporáneos y para mejorar la calidad de vida de quienes integran las comunidades, entendidas como sistemas sociales y naturales en los que seres humanos y no humanos conviven en condiciones de interdependencia.

En Colombia se destaca cómo la injusticia social ha afectado a quienes viven dentro de las comunidades de paz, estas personas han sido violentadas y alejadas de forma física y espiritual de su territorio, al cual consideran como un entramado vivo de relaciones en el que se puede reconocer la presencia de lo espiritual y trascendente.

En Laudato si’, el papa Francisco cita al patriarca ecuménico Bartolomé, líder espiritual de los cristianos ortodoxos, y llama la atención sobre «las raíces éticas y espirituales de los problemas ambientales, que nos invitan a encontrar soluciones no sólo en la técnica sino en un cambio del ser humano, porque de otro modo afrontaríamos solo los síntomas» (Francisco, 2015, p. 9). De esta manera, ambos líderes religiosos propenden por una ética que integre el cuidado de la naturaleza y tenga en cuenta la importancia de la espiritualidad para ver a los seres no humanos no desde una perspectiva instrumental, sino en conexión con lo humano y lo trascendente. De ahí que, el pontífice proponga dos nociones fundamentales para una ética ecológica tales como ecología integral y conversión ecológica.

La propuesta de una ecología integral no se limita al cuidado de la naturaleza, sino que implica el cuidado de todo aquello que es vulnerable o no puede defenderse por sí mismo. En este sentido, la naturaleza se encuentra en una posición de desventaja frente al ser humano debido a una mentalidad antropocéntrica que ha contribuido al surgimiento de la actual crisis ecológica. Asimismo, la ecología integral considera la situación de los seres humanos que, como la naturaleza, se encuentran en condiciones de pobreza y fragilidad.

Esta primera característica de la ecología integral muestra, entonces, a la naturaleza y a los seres humanos en condiciones de vulnerabilidad como víctimas del antropocentrismo moral excluyente en el cual la naturaleza es para un fin instrumental humano (Riechmann, 2021: 81).

En este sentido, el papa Francisco sostiene que el bien común constituye una de las características de la ecología integral, dado que se relaciona con la necesidad de promover la justicia social en todas las comunidades humanas. Asimismo, destaca que este principio debe reflejarse especialmente en los grupos humanos excluidos o que se encuentran en condiciones de desventaja social frente a otros (Francisco, 2015, n. 156). Una segunda característica de la ecología integral es la relación del ser humano con la trascendencia a través de la naturaleza. Este aspecto remite a un tema transversal en las diversas perspectivas ecológicas y del cuidado ambiental: la sacralidad de la naturaleza. Esta puede entenderse como una mirada afectuosa que conduce a un cuidado que no surge de una imposición, sino de una relación trascendente con los seres no humanos.

Cuando se habla de una mirada trascendente en el marco de la ecología integral, se hace referencia a una forma de comprender la naturaleza como creación de un ser o de seres supremos. El papa Francisco destaca esta perspectiva como parte de la riqueza que las religiones pueden aportar al desarrollo pleno de la humanidad (Francisco, 2015, n. 62). A pesar de que, en esta encíclica, el pontífice presenta a la naturaleza como una realidad vulnerable, sigue concibiendo el medioambiente desde una perspectiva en la que el ser humano ocupa un lugar central.

En este marco, el papa Francisco destaca una tercera característica de la ecología integral: el trabajo humano. Esta se desarrolla a partir de dos ejes. En primer lugar, al reinterpretar el primer relato de la creación del libro del Génesis, sostiene que Dios no entregó la naturaleza al ser humano para dominarla, sino para cuidarla. Desde esta perspectiva, el trabajo constituye un medio para cumplir esa responsabilidad. En segundo lugar, el trabajo humano produce frutos mediante la intervención en la naturaleza. A partir de esta idea, el pontífice retoma uno de los planteamientos centrales de la encíclica: la relación entre ecología integral y justicia social. Desde esta perspectiva, la naturaleza contribuye al desarrollo humano, una relación que actualmente constituye uno de los pilares de la sostenibilidad.

Por eso, la ecología integral que propone Francisco no se ocupa solo del cuidado de la naturaleza, sino de una forma de cuidarla que tenga en cuenta las necesidades económicas y sociales de las comunidades humanas, como se observará en los ejemplos analizados más adelante, e incorpora también una preocupación por las generaciones futuras, que recibirán las consecuencias de las acciones humanas sobre la naturaleza (Francisco, 2015, n. 159).

Lo anterior se relaciona con otra característica de la ecología integral que tiene que ver con la topofilia o el sentido del lugar, y que el papa denomina relación cultural del ser humano con la tierra. Esta consiste en el vínculo con un territorio a partir del cual se configura una forma de habitar determinada por diversos intereses.

En este sentido, Francisco destaca que la ecología integral debe hacer visible el patrimonio cultural, artístico e histórico de las comunidades locales (Laudato si’, 2015: 143).

En síntesis, más que un concepto lo que se propone con la ecología integral es una forma de vida ética en la cual se tenga en cuenta tanto a la naturaleza como a los seres humanos menos favorecidos. Por tanto, el llamado que hace el líder religioso mundial a una vivencia ecológica se traduce en un comportamiento que él, a partir de su mirada creyente, denomina conversión ecológica.

Siguiendo este orden de ideas, la conversión ecológica, apuesta ética de la ecología integral, tiene dos grandes vertientes: la primera se concentra en la necesidad de un cambio real de los líderes mundiales en torno a las decisiones políticas que tienen que tomar a favor de la naturaleza, ya que su forma de actuar con respecto al cuidado del planeta ha sido débil (Laudato si’, 2015: 54); la segunda pone el énfasis en las acciones individuales y de pequeñas comunidades que, con el tiempo, pueden tener impacto a gran escala.

Por tanto, la conversión ecológica requiere de una crítica reflexión personal y comunitaria sobre los estilos de vida actuales y sus impactos en el bienestar del planeta. Para esta introspección, el papa invita a tomar como punto de partida la conciencia de la sacralidad de la naturaleza, ya que solo así será posible la transformación de «gestos cotidianos donde rompemos la lógica de la violencia, del aprovechamiento, del egoísmo» (Francisco, 2015, n. 230).

La reflexión ecológica de Francisco refleja una preocupación creciente por el futuro del planeta y de las especies que lo habitan. Esta preocupación se manifiesta de manera particular en la exhortación apostólica Laudate Deum, publicada semanas antes de la 28.ª Conferencia de las Partes de la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático (COP28), en la que advierte sobre la urgencia de responder a la crisis climática.

En este texto existe una invitación más categórica del pontífice al cuidado del planeta, a través del uso de datos científicos y estadísticas sobre el tema renueva el llamado a la conversión ecológica o ética de la ecología integral. Asimismo, Francisco se distancia un poco del antropocentrismo de la Laudato si’ hacia lo que él denomina en esta Exhortación como antropocentrismo situado. Así, el papa inicia destacando que ya no es posible dudar de la responsabilidad de los seres humanos en el cambio climático; en Laudate Deum se enfoca en el origen «antrópico» de esta alteración natural debido al crecimiento y aceleración de las emisiones de dióxido de carbono a partir de lo que se conoce como la Revolución Industrial (Francisco, 2023, n. 11).

De igual manera, destaca el aumento en la temperatura de la tierra en los últimos 50 años, aproximadamente 0,25 centígrados por década, concluyendo que la temperatura global total aumentó 1.5 grados centígrados, lo cual conduce a las consecuencias climáticas que ya se están viviendo a lo largo del planeta, especialmente en los polos (Laudate Deum, 2023: 12).

El hecho de que el pontífice destaque el origen humano del cambio climático es fundamental dentro del pensamiento cristiano ecológico. Al reconocer la intervención negativa de los seres humanos en el planeta, se evidencian dos aspectos. En primer lugar, la necesidad de reinterpretar los relatos de la creación del Génesis, mencionados anteriormente, que tradicionalmente han sido leídos como una entrega de lo creado al ser humano para su dominio. En segundo lugar, el papa propone una perspectiva de comunión e interacción entre el ser humano y la naturaleza que no ha ocupado un lugar central en la tradición teológica cristiana. Desde esta perspectiva, se establecen relaciones de alteridad con la naturaleza y no de superioridad.

2. Prácticas de resistencia y espiritualidad frente a las dinámicas de la violencia en la Comunidad de Paz de San José de Apartadó, Colombia

De acuerdo con el Archivo Comunidades de Paz (ACP) de la Universidad Nacional de Colombia, las comunidades de Paz nacieron «del deseo colectivo de los pobladores [...] de construir una opción de vida en medio del conflicto armado y de resistencia frente al despojo de sus territorios, sin renunciar a la autodeterminación política, organizativa y social de sus pueblos» (Domínguez y Calvo, 2018). Así pues, en este apartado se realizará una aproximación a las formas de resistencia y espiritualidad de la Comunidad de Paz de San José de Apartadó, ubicada en la región del Urabá antioqueño, corregimiento de Apartadó, Colombia. Para ello, primero se explicará qué se entiende por Comunidad de Paz y, posteriormente, se analizará la manera en que esta comunidad configura sus formas de resistencia a partir de su relación con el territorio, el ser-en-común y la espiritualidad.

El término Comunidad de Paz ha sido definido por Christopher Courtheyn como un «conjunto territorial de prácticas, lugares y valores, incluyendo conmemoraciones de masacres, iniciativas de soberanía alimentaria y redes de solidaridad entre indígenas y campesinos (Courtheyn, 2019: 291), lo que deriva en una conceptualización alternativa del territorio o lo que el autor define como una territorialidad alterna. Esta territorialidad se refiere a una dignidad ecológica, esto es a «los tipos de relaciones que constituyen estas formas políticas de vida, como una interrelacionalidad digna entre todos los seres de un ecosistema» (Courtheyn, 2022: 6). Si bien la firma del Acuerdo Final para la Terminación del Conflicto y la Construcción de una Paz Estable y Duradera (2016) propone un concepto de paz, no solamente como una ausencia de guerra -paz negativa-, sino como una articulación entre estructuras, instituciones y prácticas que garantizan la paz y procuran limitar las erosiones de la violencia, paz positiva, esta definición se constituye en un medio para promover el desarrollo del país desde un marco jurídico que debe garantizar su implementación (Gómez Triana, 2022). Diríamos así que se trata de una comprensión oficial de la paz.

No obstante, para las comunidades campesinas, afrodescendientes, indígenas, las víctimas y la población civil que han vivido el conflicto armado interno en Colombia, la noción de Comunidad de Paz adquiere un significado distinto. Por ello, puede entenderse como una forma alternativa de territorialidad. De hecho, no se trata únicamente de una zona humanitaria ni implica la ausencia de violencia o de guerra:

Los miembros de la Comunidad de Paz definen la paz de manera activa a partir de dos principios: no participar en la guerra y construir comunidad. Esta paz se materializa mediante el cultivo colectivo de alimentos y productos comerciales en tierras comunes, la búsqueda de autonomía y soberanía alimentaria a través de centros agrícolas y granjas autosuficientes, el homenaje a los campesinos asesinados mediante peregrinaciones a los lugares donde ocurrieron las masacres, la solidaridad con comunidades vecinas amenazadas por grupos armados y la participación en redes de defensa de los derechos humanos (Courtheyn, 2019, p. 294).

En efecto, las comunidades de paz tejen formas de solidaridad y comunidad que se relacionan con sus prácticas cotidianas en el territorio y que implican rehusarse a participar en la guerra. En este sentido, también se articulan con el Acuerdo Final para la Terminación del Conflicto y la Construcción de una Paz Estable y Duradera firmado entre el Gobierno Nacional y las FARC- EP en 2016. Ahora bien, concebir la paz en un sentido amplío, no desde una mirada oficial, sino territorial, implica comprender que el alcance de la paz se consolida con las formas de ser-en-común que se tejen al interior de una comunidad, con sus formas de resistencia y sus manifestaciones de espiritualidad. De allí que consideren que «la paz no llega cuando la guerra se termina, sino cuando las personas dejan de participar en la guerra y en cambio trabajan de manera colectiva para construir comunidad y solidaridad» (Courtheyn, 2022, p. 6).

En términos concretos, la construcción de paz se articula con formas de tejer comunidad que se expresan en la siembra y la búsqueda de la soberanía alimentaria, en la relación con el pasado, en la conmemoración de sus compañeros asesinados y en la resistencia frente a las amenazas del presente.

Una paz territorial implica también reconocer que las comunidades de paz habitan formas de espiritualidad en relación con el lugar en el que habitan y con la naturaleza, la cotidianidad y la memoria de sus muertos, muchos de ellos asesinados por grupos armados en medio del conflicto armado colombiano.

En este trabajo, la espiritualidad se entiende en un sentido amplio como un conjunto de prácticas éticas y políticas vinculadas a los modos de concebir el territorio y a las formas de ser-en-común mediante las cuales se construyen relaciones de solidaridad y dignidad.

La espiritualidad se despliega no solo como una manifestación ética que se interroga por las maneras de vivir de los campesinos de la comunidad, sino como una manifestación política en un sentido práctico que significa habitar con otros, habitar en comunidad. Lejos de ser una forma de resignación, la espiritualidad se manifiesta como potencia ética y política frente a las dinámicas de la muerte y la violencia en Colombia.

A continuación, se analizará de qué manera la Comunidad de Paz de San José de Apartadó ha consolidado, a lo largo de los años, un ejercicio de resistencia frente a las dinámicas de la violencia estructural y cómo este se relaciona con sus modos de habitar el territorio y con la espiritualidad.

La comunidad de paz de San José de Apartadó tiene su origen el 23 de marzo de 1997 cuando mil campesinos del Corregimiento de San José de Apartadó, en la región del Urabá antioqueño, deciden conformar una comunidad de paz tras la ofensiva paramilitar de las Autodefensas Unidas de Colombia (AUC) en 1996. Esta región se ubica entre los departamentos de Antioquia y Chocó en la frontera con Panamá. Se trata de un corregimiento con 32 veredas ubicadas en las montañas de la Serranía de Abide y el eje bananero que incluye el municipio de Apartadó. Como lo ha señalado Courtheyn, la región del Urabá:

Se encuentra entre las zonas más devastadas por la guerra en Colombia, donde los intereses estatales, empresariales e insurgentes compiten por el control del tráfico de drogas y armas desde y hacia América del Norte, así como de las tierras fértiles de la región, las plantaciones de banano y las reservas de agua y minerales (Courtheyn, 2017, p. 57).

Durante los últimos 20 años esta comunidad se ha expandido territorialmente y ha consolidado procesos de construcción de paz a través del trabajo colectivo. De acuerdo con Naucke y Halbmayer (2016):

San José de Apartadó fue una de las primeras comunidades en Colombia que, en 1997, se declaró Comunidad de Paz. Sus habitantes desarrollaron una estructura organizativa interna y una serie de estrategias, tanto cotidianas como de mediano plazo, que les han permitido permanecer en la región de Urabá, uno de los territorios más afectados por el conflicto armado (Naucke y Halbmayer, 2016, p. 11).

En su constitución como Comunidad de Paz, los campesinos de San José de Apartadó se declararon como «una parte de la población civil no combatiente y se comprometieron a no apoyar directa ni indirectamente a ningún actor armado» (Naucke y Halbmayer, 2016, p. 15). Sus formas de construir comunidad se basan en:

Una estructura organizativa que impulsaba la participación política de los pobladores y aseguraba la subsistencia y la independencia económica. A partir de entonces, se establecieron estrategias de autoprotección que han permitido la permanencia de la Comunidad hasta la actualidad, a pesar de la represión ejercida por los actores armados (Hernández Delgado, 2004, p. 371).

De su relación con el territorio se deriva la base económica de la Comunidad de Paz. Esta se compone de grupos de trabajo que no se reducen al núcleo familiar, sino que están integrados por miembros de distintas familias. Esta asociación e interdependencia económica implica la construcción de una red comunitaria que se fortalece en la cotidianidad del trabajo colectivo, así como en la protección de los cultivos y de la soberanía alimentaria.

Para garantizar su permanencia, los miembros de la comunidad se articulan colectivamente con el fin de asegurar su sustento y la seguridad alimentaria de la población. Como explica una de las habitantes del territorio: «Entonces la seguridad de nosotros está en la seguridad alimentaria. Si nosotros tenemos comida, tenemos fuerza de resistencia» (Naucke y Halbmayer, 2016, p. 22).

Además, uno de los campesinos de la Comunidad expresa: «Firmamos la declaratoria con el ánimo de que nos iban a respetar. Y que íbamos a poder mantener las tierras porque la lucha de nosotros acá es cómo poder mantener el campesinado, que no sean desplazados» (Naucke y Halbmayer, 2016, p. 22).

Distintas acciones cotidianas se convierten en formas de resistencia relacionadas con el territorio. Entre ellas se pueden señalar los trabajos agrícolas colectivos muchos de ellos realizados en medio de la represión por parte de los actores armados, también la solidaridad campesina y la seguridad alimentaria configura una estructura en la economía local.

Frente a la existente marginación de los campesinos, la Comunidad contrapone una forma de economía local que se orienta hacia la solidaridad campesina y la seguridad alimentaria. Con la coordinación de proyectos económicos, los grupos de trabajo y los trabajos comunitarios, la comunidad se vuelve contra la lógica y la praxis económica de Colombia, que es fuertemente neoliberal (Naucke y Halbmayer, 2016, p. 25).

Esta serie de dinámicas relacionadas con el territorio y el vínculo con la naturaleza quiebra la dicotomía característica del antropocentrismo moderno entre humano y no-humano y responde desde un lugar situado en la comunidad de paz de San José de Apartadó, desde una serie de prácticas que emergen en América Latina.

La Comunidad de Paz no concibe el territorio como un espacio geográfico, sino como una territorialidad relacional entre lo humano y lo no humano. Esta relación constituye también una conexión con la naturaleza que implica prácticas cotidianas de cuidado y defensa frente a la devastación ecológica y a las amenazas de control territorial ejercidas por distintos grupos armados en la región.

Así pues, no se trata de la delimitación de un espacio, sino de las maneras de habitar en común que configuran esta territorialidad alterna. Los grupos hablan del territorio como «vida» (Ballvé, 2013), reconocen una relacionalidad entre «entes vivos con memoria» (Courtheyn, 2019, p. 297) y manifiestan un vínculo estrecho entre biodiversidad y cultura (Courtheyn, 2019, p. 297). En este sentido, «el territorio es concebido como un escenario ancestral indispensable para la producción y recreación de la vida y de la cultura. La tierra no es un recurso para inversión de capital sino el espacio para ser colectivamente» (Courtheyn, 2019, p. 297).

De manera que concebir una territorialidad alternativa es un ejercicio de resistencia porque la tierra hace parte de la vida en comunidad y es sagrada, es un lugar ancestral, que permite la producción agrícola y protege la soberanía alimentaria a los campesinos de la región. Frente a la guerra y frente a las dinámicas del capital en las que la tierra se constituye en un medio para alcanzar fines económicos, o de poder territorial, la Comunidad de Paz de San José de Apartadó comprende que la tierra no es un medio, sino un fin. El territorio es el lugar de la vida, el lugar de la resistencia y de la comunidad.

Además de la conformación de una territorialidad relacional, las formas de espiritualidad que se tejen y articulan al interior de la comunidad se relacionan con sus maneras de concebir el pasado y con el vínculo que mantienen con sus muertos, es decir, con quienes perdieron la vida en el marco del conflicto armado colombiano. Como ha señalado Aparicio (2016):

La Comunidad de Paz de San José de Apartadó afirma valientemente un espacio de diferencia derivado de una concepción particular del “ser humano”, diferencia que nace de las políticas “relacionales” en las que los muertos no sólo no desaparecen de sus vidas tras ser enterrados, sino que participan y tienen un gran protagonismo en la vida cotidiana (Aparicio, 2016, p. 150).

Como se ha señalado anteriormente, los campesinos conmemoran los lugares en los que ocurrieron las masacres, realizan peregrinaciones por la paz y la reconciliación, y llevan a cabo acciones concretas de solidaridad con comunidades y campesinos vecinos que aún son amenazados por grupos armados.

La espiritualidad hace referencia a ese conjunto de prácticas éticas y políticas que ejercen la comunidad en el ejercicio de su cotidianidad y también a las formas de solidaridad y dignidad que habitan en el territorio. Estas prácticas son espirituales porque en ellas los campesinos realizan un ejercicio de reflexión y de comunión que les permite recordar a sus muertos y conmemorarlos, hacerlos presentes desde su conexión con la comunidad. De manera que ese volver al pasado es un ejercicio que les permite a los pobladores configurar una relación consigo mismos y con sus maneras de habitar espiritualmente, desde una dimensión ética; pero, al mismo tiempo, se realiza con otros y constituye una forma de habitar en común desde una dimensión política.

La espiritualidad en este sentido no solo se manifiesta en una institución religiosa, o en un tipo de comunidad eclesial, sino en prácticas de religiosidad o en prácticas espirituales que se resisten a las manifestaciones estructurales de la violencia y que permiten relacionarse de otra manera con el territorio, con la memoria, con la cotidianidad o con el pasado, lo que termina construyendo otros modos de existencia y otras formas de habitar colectivamente, «esta es la manera como el amor divino se materializa en el mundo» (Galvis, 2022, p. 173).

Así pues, la Comunidad de Paz de San José de Apartadó construye el tejido comunitario mediante prácticas cotidianas orientadas al cuidado de la vida, la solidaridad y el territorio. Estas prácticas encuentran resonancia en el llamado que realiza el papa Francisco en Laudato si’: «El desafío urgente de proteger nuestra casa común incluye la preocupación de unir a toda la familia humana en la búsqueda de un desarrollo sostenible e integral, pues sabemos que las cosas pueden cambiar» (Francisco, 2015, n. 13).

La transformación de sí, el cuidado de la casa común y las formas de comunidad configuran una espiritualidad que es histórica y que está situada en un lugar concreto en este caso en América Latina. El llamado del papa Francisco es un llamado a la espiritualidad que se manifiesta en la relación con la naturaleza en la búsqueda de un desarrollo ecológico sostenible, integral y que permita la transformación social desde ese lugar situado en el que nace la tierra y nace la comunidad. Además, la espiritualidad constituye un sujeto colectivo que conmemora los miembros de su comunidad que fueron asesinados, que se resiste a las amenazas del presente y que hace posible habitar otras formas de vida en medio de los intereses económicos y políticos de la región.

3. La Comunidad de Paz de San José de Apartadó una muestra de una posible conversión ecológica

La Comunidad de Paz de San José de Apartadó es un ejemplo de eco-teología y ecología integral al rehusarse a participar de la guerra y orientarse a la construcción de comunidad. Los miembros de las comunidades de paz asumen la responsabilidad de trabajar en conjunto por la justicia social, de esta suerte se une el cuidado del otro y el cuidado de los seres no humanos, respetando a la naturaleza y a sus ciclos vitales y velando por la soberanía alimentaria desde la perspectiva del bien común.

En efecto, el proceso de construcción de paz vivido por estas comunidades parte de un profundo sentido del lugar que se expresa en la conexión con el territorio, los muertos y quienes lo habitan. En este contexto, la construcción de paz no se entiende únicamente como la ausencia de conflicto armado al interior de las comunidades, sino como el trabajo comunitario orientado al desarrollo humano sostenible, a la obtención de la autonomía comunitaria y al fortalecimiento de redes de solidaridad que les permitan resistir la violencia estructural y el modelo económico dominante, contrario a la naturaleza y a la tierra.

Estas comunidades de paz ponen en práctica los ideales de sostenibilidad y solidaridad, pero van más allá al vivir una ética ecológica o «conversión ecológica», en términos del papa Francisco, que contribuye a generar transformaciones positivas tanto en el territorio como a escala global mediante la mitigación de los efectos del cambio climático.

Si los planteamientos de la ecología integral evidencian que existe una relación entre la injusticia social y el deterioro ambiental, la Comunidad de Paz de San José de Apartadó evidencia que ha subsistido todos estos años trabajando por la justicia social que para ellos se traduce en trabajo comunitario y soberanía alimentaria. Así, los principios de la Comunidad de Paz y sus prácticas manifiestan aspectos fundamentales de la ecología integral como son el trabajo que contribuye a un desarrollo humano sostenible, no en términos capitalistas, sino de solidaridad y amparo comunitario que velan por la justicia social que también recuerda a sus muertos y sanciona a los victimarios recordando cada año en su peregrinación anual a quienes han sido asesinados y desaparecidos y que han marcado el camino de la agremiación.

De igual manera, es posible ver reflejada en la comunidad la mirada afectuosa hacia la naturaleza evidenciada en nuevas relaciones con la tierra, la naturaleza y el territorio:

En cambio [...], nosotros no somos exploradores ni vamos a explotar minas [...] La tierra, yo [la] comparo mucho con el cuerpo del ser humano […]. Si le quita minerales

[…], le estamos quitando vida. Como dicen los indígenas, la Madre Tierra. Entonces, sí [...], nosotros hemos pensado en tener terrenos colectivos porque es una manera de fortalecerse más, de poder hacer más resistencia (Courtheyn, 2019, p. 303).

El hecho de que los habitantes de la Comunidad de Paz conciban la naturaleza como un cuerpo muestra que establecen relaciones de interacción con ella, no desde la perspectiva antropocéntrica moderna que la considera hecha para el ser humano, sino como un tejido relacional en el que todos mantienen una relación de interdependencia y gracias al cual tanto los seres humanos como la naturaleza se sostienen.

Tal y como lo expresa Courtheyn, «esto refleja una relación no instrumentalista con el medioambiente el objetivo es la reproducción recíproca en que humanos, animales y plantas se alimentan entre sí» (Courtheyn, 2019, p. 310).

De ahí que se evidencie una relación espiritual entre los habitantes de la Comunidad de Paz y la naturaleza que habitan. Esto demuestra que la ecología integral no constituye únicamente un ideal ético, sino una apuesta concreta que exige dejar de lado las lógicas competitivas del capitalismo para pensar no en el ejercicio del poder sobre los seres humanos y la naturaleza, sino en el bienestar comunitario. Desde esta perspectiva, se reconoce una red de interdependencia en la que cada ser forma parte de los otros y de lo otro, dando lugar a nuevas formas de relación.

Conclusiones

A lo largo de este capítulo se ha buscado mostrar que la Comunidad de Paz de San José de Apartadó ha trabajado durante sus veintisiete años de existencia en favor de una ecología integral como respuesta a la devastación ecológica y social provocada por la violencia estructural en su territorio. Este esfuerzo por construir relaciones de comunión con los otros y con la naturaleza evidencia una nueva comprensión del territorio y una vivencia de la espiritualidad de comunión. Estas prácticas éticas, que trascienden la pertenencia a una religión específica, han permitido resistir y hacer frente a la violencia estructural experimentada a lo largo de los años.

A su vez, estas prácticas permiten comprender formas de paz y cuidado de la naturaleza que surgen desde la realidad del sur global, más allá de los planteamientos universalistas del norte global. De este modo, se evidencia la posibilidad de construir relaciones de solidaridad con los otros y con la naturaleza desde una perspectiva eco- social o de justicia ambiental vinculada al lugar concreto que se habita. Se trata de un proceso de autorreconocimiento comunitario que surge desde la propia comunidad y no de la imposición del Estado, de los grupos armados o de otros factores asociados al sistema capitalista y a la mentalidad antropocéntrica judeocristiana occidental.

Finalmente, la Comunidad de Paz de San José de Apartadó muestra que es posible construir alternativas comunitarias y eco-sociales desde el sur global para hacer frente no solo a la devastación ecológica, sino también a las consecuencias de la violencia estructural.

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