Ciudadanía ecológica activa: un diálogo entre Aristóteles y Laudato Si’
fuerte a los más vulnerables y que toda política ambiental que ignore esta dimensión
de justicia no es verdaderamente ecológica, sino tecnocrática, disfrazada de verde.
Esta conciencia es el fundamento cognitivo-ético de su participación política.
b. Participación política activa en estructuras de gobernanza ambiental: el ciudadano
ecológico activo no delega su responsabilidad política a expertos o a élites dirigentes,
sino que participa en la deliberación colectiva sobre los asuntos ecológicos en todos
los niveles disponibles, como lo es en lo local, lo nacional, e inclusive lo internacional.
Esta participación activa es la traducción contemporánea de lo que Aristóteles
entendía por ciudadanía plena, es decir, el ejercicio de las capacidades deliberativas
y propositivas y no solamente el mero registro en un padrón electoral.
c. Opción preferencial por los pobres como criterio ético de las decisiones públicas: en
la deliberación sobre políticas ambientales, el ciudadano ecológico activo se pregunta
sistemáticamente: ¿quiénes son los más vulnerables a las consecuencias de esta
decisión? ¿Quiénes quedan excluidos de sus beneficios? Esta pregunta, que traduce la
opción preferencial por los pobres al campo de la deliberación política ordinaria, es el
criterio de discriminación que permite distinguir entre políticas ecológicas genuinas
y políticas de lavado verde (greenwashing).
d. Orientación al bien común intergeneracional: el ciudadano ecológico activo incorpora
en su deliberación una dimensión temporal que trasciende el horizonte inmediato,
ya que es capaz de ver que las decisiones presentes tienen consecuencias sobre
quienes aún no han nacido. Esta solidaridad intergeneracional amplía el bien común
aristotélico más allá de los contemporáneos, extendiendo el círculo de la philia (πηιλια)
cívica hasta abrazar a generaciones aún inexistentes, pero cuya vida depende de las
decisiones que tomamos hoy.
Esta categoría dialoga críticamente con otros desarrollos teóricos contemporáneos.
Cortina (1997) ha propuesto la noción de ciudadanía cosmopolita como el horizonte
ético del ciudadano del siglo XXI, viendo al ciudadano como alguien capaz de
identificarse no solo con su comunidad local, sino con la humanidad entera. La
ciudadanía ecológica activa asume este cosmopolitismo ético, pero lo radicaliza al
incorporar la dimensión ecológica, porque el cosmopolitismo del ciudadano ecológico
activo no se limita a la solidaridad con los seres humanos del otro lado del mundo,
sino que incluye la solidaridad con la comunidad de la vida en su conjunto.
Arendt (2005), por su parte, entendió la acción política (praxis) como el modo
en que el ser humano aparece en el espacio público, revelando su singularidad y
contribuyendo a la construcción del mundo común. Esta dimensión de la visibilidad
y la responsabilidad públicas es constitutiva de la ciudadanía ecológica activa, ya
que no es posible cuidar la Casa Común desde la privacidad del consumo individual,
por más que las opciones de consumo tengan importancia. El cuidado ecológico
exige aparición pública, asunción de responsabilidades colectivas y construcción de
acuerdos que trasciendan los intereses privados.
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