Resumen
Este artículo examina la vigencia crítica del Cántico de las Criaturas de san Francisco de Asís en el contexto de la crisis socioambiental y tecnológica contemporánea. A partir de la categoría de antropoceno, se sostiene que dicha crisis no se limita al deterioro ecológico, sino que expresa una comprensión antropológica basada en la separación entre humanidad, técnica y creación. Desde esta perspectiva, y en diálogo con los estudios sobre el antropoceno, la crítica al paradigma tecnocrático y el magisterio social reciente de la Iglesia, especialmente Laudato si’ y algunas intervenciones del papa León XIV, se muestra cómo la tradición franciscana ofrece una comprensión del mundo fundada en la interdependencia, la vulnerabilidad compartida y la fraternidad con lo creado. Asimismo, se examinan los desafíos éticos que plantea la inteligencia artificial, particularmente en lo relativo a la responsabilidad, la justicia y el acceso al conocimiento. El estudio sostiene que el Cántico conserva una significativa capacidad crítica para interpelar las lógicas contemporáneas de dominio y repensar las relaciones entre ecología, técnica y dignidad humana.
Palabras clave: Antropoceno; fraternidad; inteligencia artificial; justicia ecológica; Laudato si’; san Francisco de Asís.
Abstract
This article examines the critical relevance of the Canticle of the Creatures by Saint Francis of Assisi in the context of the contemporary socio-environmental and technological crisis. Based on the category of the Anthropocene, it is argued that this crisis is not limited to ecological deterioration, but rather expresses an anthropological understanding based on the separation between humanity, technology, and creation. From this perspective, and in dialogue with studies on the Anthropocene, the critique of the technocratic paradigm, and the recent social magisterium of the Church, especially Laudato si’ and some interventions by Pope Leo XIV, it is shown how the Franciscan tradition offers an understanding of the world founded on interdependence, shared vulnerability, and fraternity with all created beings. Likewise, the ethical challenges posed by artificial intelligence are examined, particularly with regard to responsibility, justice, and access to knowledge. The study argues that the Canticle retains a significant critical capacity to challenge contemporary logics of domination and to rethink the relationships between ecology, technology, and human dignity.
Keywords: Anthropocene; fraternity; artificial intelligence; ecological justice; Laudato si’; Saint Francis of Assisi.
Resumo
Este artigo examina a vigência crítica do Cântico das Criaturas de São Francisco de Assis no contexto da crise socioambiental e tecnológica contemporânea. A partir da categoria de Antropoceno, sustenta-se que tal crise não se limita à deterioração ecológica, mas expressa uma compreensão antropológica baseada na separação entre humanidade, técnica e criação. Sob essa perspectiva, e em diálogo com os estudos sobre o Antropoceno, a crítica ao paradigma tecnocrático e o magistério social recente da Igreja, especialmente a Laudato si’ e algumas intervenções do papa Leão XIV, mostra-se como a tradição franciscana oferece uma compreensão do mundo fundada na interdependência, na vulnerabilidade compartilhada e na fraternidade com o criado. Da mesma forma, examinam-se os desafios éticos colocados pela inteligência artificial, particularmente no que diz respeito à responsabilidade, à justiça e ao acesso ao conhecimento. O estudo sustenta que o Cântico conserva uma significativa capacidade crítica para interpelar as lógicas contemporâneas de domínio e repensar as relações entre ecologia, técnica e dignidade humana.
Palavras-chave: Antropoceno; fraternidade; inteligência artificial; justiça ecológica; Laudato si’; São Francisco de Assis.
Introducción
La conmemoración de los ochocientos años del Cántico de las Criaturas coincide con un momento en que la crisis ecológica ha dejado de ser pensada solo como deterioro ambiental para convertirse en uno de los diagnósticos más apremiantes de nuestra época. El cambio climático, la pérdida acelerada de biodiversidad, la contaminación de territorios y la alteración de ciclos planetarios han llevado a diversos autores a describir la situación contemporánea mediante la categoría de “antropoceno”, propuesta inicialmente para nombrar el impacto geológico de la acción humana sobre la Tierra (Crutzen & Stoermer, 2000). La fuerza del término reside menos en su exactitud cronológica, todavía discutida, que en su capacidad para exponer un problema mayor, cuya idea de fondo puede sintetizarse, sin mayores matices, en que la modernidad ha producido un sujeto que se concibe a sí mismo como exterior al mundo que transforma (Biermann & Lövbrand, 2019).
Esta constatación invita a revisar críticamente las genealogías culturales, religiosas y políticas que han favorecido la separación moderna entre ser humano y mundo natural. El antropoceno no alude únicamente a una época definida por la acumulación de impactos humanos sobre la Tierra, sino también a una crisis de comprensión moral y espiritual, esto es, a la dificultad de reconocerse como criatura situada, dependiente, limitada y vinculada. Por ello, la pregunta socioecológica no puede reducirse a la gestión técnica de daños ambientales. Exige interrogar la antropología que sostiene la relación moderna con lo viviente: una visión marcada por la apropiación, la disponibilidad del mundo y la ilusión de una autonomía autosuficiente. Esta cuestión adquiere mayor urgencia en un contexto en el que la técnica, incluida la inteligencia artificial, ya no aparece solo como herramienta funcional, sino como realidad que interpela directamente la dignidad humana, la justicia social y los modos de inserción de la persona en entramados sociales cada vez más automatizados (Dicasterio para la Doctrina de la Fe, 2024; Mazurkiewicz, 2023; Floridi, 2013; Pasquale, 2015).
En este marco, el Cántico de las Criaturas de san Francisco de Asís conserva una actualidad crítica que excede cualquier lectura devocional o sentimental. El himno no interesa solo porque nombre al sol, al agua, al fuego o a la tierra como hermanos y hermanas. Una de sus mayores fortalezas radica en que desplaza el centro de la experiencia humana hacia una realidad más amplia que el propio individuo; este no aparece como soberano de la creación, sino como parte de una comunidad de criaturas aunadas por la vulnerabilidad y la dependencia recíproca. En tiempos del antropoceno, esa fraternidad cósmica deja de ser una imagen inocua y se convierte en una impugnación de las formas históricas de dominio que han convertido la creación en recurso, mercancía o zona de sacrificio.
La encíclica Laudato si’ recupera explícitamente esta intuición franciscana al vincular la crisis ambiental con una crisis social, espiritual y cultural más amplia (Francisco, 2015). Su crítica al paradigma tecnocrático no rechaza la técnica en cuanto tal, sino la racionalidad que reduce lo real a objeto de cálculo, administración y explotación. Desde esta perspectiva, se haría poca o nula justicia al valor del Cántico si, desde la ética ecológica contemporánea, se le considera como un vestigio poético. Antes bien, los versos del Poverello constituyen una reserva simbólica capaz de interpelar la fractura moderna entre humanidad y creación.
Este artículo propone una relectura histórico-teológica del Cántico de las Criaturas a la luz del debate contemporáneo sobre el antropoceno. Sostiene que la actualidad del himno franciscano no reside en iluminar el ambientalismo moderno, sino en desestabilizar la antropología del dominio que lo hizo necesario. Para ello, el estudio articula cuatro niveles de análisis: primero, la discusión interdisciplinaria sobre el antropoceno y sus límites conceptuales; segundo, el debate sobre cristianismo, antropocentrismo y dominio de la naturaleza; tercero, el contexto franciscano del Cántico; y, finalmente, una actualización crítica del texto en Laudato si’, entre las diversas reinterpretaciones que se podrían llevar a cabo, especialmente frente a las fracturas socioambientales de América Latina.
Esta aproximación busca evitar dos reducciones simétricas. La primera consiste en leer el Cántico como simple antecedente ecológico, proyectando sobre Francisco categorías contemporáneas que no le pertenecen. La segunda consiste en confinarlo al pasado devocional, desconociendo su capacidad de interpelar las formas actuales de habitar el mundo. Entre ambas lecturas, el himno franciscano permite pensar el ideal de fraternidad como un importante contrapeso contra la pretensión moderna de vivir como si el ser humano no fuese también criatura.
1. El antropoceno y la crisis de la antropología moderna
Como se indicó en la sección anterior, la noción de antropoceno surgió en el ámbito de las ciencias de la Tierra, pero pronto excedió ese marco inicial. Su fuerza conceptual reside precisamente en que permite interpretar una crisis civilizatoria en la que la modernidad ha transformado el mundo natural hasta alterar las condiciones mismas de habitabilidad del planeta.
Por ello, el problema ya no puede pensarse únicamente como “crisis ambiental”, expresión que todavía conserva la idea de un entorno exterior al sujeto humano. El antropoceno cuestiona esa separación. La actividad económica, tecnológica y política de la humanidad ha modificado de tal manera los ciclos climáticos y biogeoquímicos que la distinción moderna entre historia humana e historia natural comenzó a desdibujarse. Como observó Dipesh Chakrabarty (2009), la humanidad pasó a convertirse simultáneamente en sujeto político y agente geológico.
Esta transformación posee consecuencias intelectuales profundas. Buena parte de la modernidad occidental se construyó sobre una distinción relativamente estable entre naturaleza y sociedad. La naturaleza aparecía como telón de fondo relativamente pasivo sobre el cual se desplegaban los proyectos humanos de progreso, acumulación y expansión técnica. El antropoceno desestabiliza esa arquitectura conceptual. La naturaleza ya no puede ser concebida como exterioridad silenciosa ni como reserva infinita de recursos disponibles para la explotación. Lo que emerge es una Tierra reactiva, vulnerable y atravesada por límites materiales que la modernidad había intentado ignorar.
Bruno Latour (2017) observó que la crisis climática ha supuesto el colapso de la cosmología moderna que separaba artificialmente naturaleza y política. La modernidad había imaginado un sujeto autónomo capaz de emanciparse de los condicionamientos naturales mediante el dominio técnico y científico; sin embargo, el deterioro climático revelaría el carácter ilusorio de esa autonomía. La humanidad descubriría tardíamente que nunca estuvo fuera de la trama material que pretendía controlar. Por ello, la cuestión tecnológica ya no puede abordarse solo desde la eficiencia o la innovación, sino desde la ética, es decir, desde las formas concretas de vivir y habitar el mundo, reconociendo la interdependencia vital y cuidando las condiciones que hacen posible el desarrollo justo de las sociedades humanas.
Desde este horizonte, el discernimiento tecnológico exige evitar tanto la tecnofilia ingenua como la tecnofobia defensiva. Supone atender la proporcionalidad entre beneficios y riesgos, el consentimiento informado, la protección de los más vulnerables, la justicia social, el trabajo digno y el acceso equitativo. En el campo educativo, como ha señalado León XIV (2025), ninguna mediación algorítmica puede reemplazar aquello que hace propiamente humana la formación: la palabra que acompaña, la imaginación, la creatividad, el descubrimiento compartido y el aprendizaje que nace incluso del error. La innovación, por tanto, necesita ser orientada por instituciones capaces de deliberar críticamente y de poner el desarrollo técnico al servicio de la dignidad humana y del bien común (León XIV, 2025, nn. 9.2–9.3).
Conviene añadir que la categoría de antropoceno ha recibido críticas importantes. Diversos autores han señalado que el término corre el riesgo de atribuir responsabilidades homogéneas a “la humanidad” en abstracto, ocultando las profundas desigualdades históricas que estructuran la devastación ecológica contemporánea. Jason Moore (2016) propuso hablar más bien de “capitaloceno”, subrayando que no toda forma de vida humana produjo el mismo nivel de destrucción ambiental, sino determinados regímenes históricos de acumulación ligados al capitalismo moderno, al colonialismo y a la explotación indiscriminada tanto de materias primas como de recursos humanos.
Esta objeción resulta especialmente relevante para América Latina. La devastación ambiental contemporánea no puede separarse de la historia colonial ni de las formas extractivas de inserción económica global. Minas, monocultivos, deforestación y contaminación hídrica afectan de manera desproporcionada a comunidades indígenas, campesinas y poblaciones periféricas, revelando que la crisis ecológica posee una geografía profundamente desigual. Resulta paradójico que la modernidad haya universalizado discursivamente la idea de humanidad mientras consolidaba nuevas fracturas entre territorios protegidos y territorios sacrificables, así como entre vidas relativamente aseguradas y otras más expuestas al descarte ambiental. En este contexto, la transición tecnológica contemporánea también corre el riesgo de reproducir desigualdades semejantes cuando el acceso a la formación, a la infraestructura digital y al desarrollo de capacidades críticas permanece concentrado en determinados sectores sociales.
Este debate adquiere particular relevancia ante el impacto que la inteligencia artificial tendrá sobre el trabajo, la educación y la participación cívica. Como advierte Shah (2023, pp. 31–33), la “era de la IA” transformará profundamente las dinámicas laborales, reformulando tareas rutinarias y exigiendo nuevas competencias vinculadas al análisis, la supervisión y la evaluación de sistemas algorítmicos. Ello obliga a replantear la educación más allá de la mera transmisión de información, fortaleciendo el pensamiento crítico, la alfabetización digital, la deliberación ética y las habilidades relacionales, que seguirán siendo fundamentales para la vida democrática y la creatividad colectiva.
En este contexto, el Cántico de las Criaturas adquiere una renovada relevancia al cuestionar una antropología fundada en la separación, la apropiación y el dominio. Su énfasis en la fraternidad recuerda, frente a las formas contemporáneas de explotación, que la vulnerabilidad compartida y la interdependencia constituyen condiciones fundamentales de lo humano.
2. Cristianismo, antropocentrismo y dominio de la naturaleza
La relación entre cristianismo y crisis ecológica ocupa un lugar central dentro de las discusiones contemporáneas sobre el antropoceno. Uno de los puntos de inflexión más influyentes en este debate fue el ensayo de Lynn White Jr., “The Historical Roots of Our Ecologic Crisis” (1967), donde sostuvo que el cristianismo occidental habría contribuido decisivamente a consolidar una visión antropocéntrica del mundo. Según White, determinadas interpretaciones del relato bíblico de la creación legitimaron la idea de que la naturaleza existía fundamentalmente para el uso humano, favoreciendo así el desarrollo histórico de una racionalidad orientada al dominio técnico del mundo natural.
La tesis provocó una discusión que, de alguna manera, continúa abierta hasta hoy. Su originalidad radica en haber atribuido responsabilidades religiosas a la crisis ecológica moderna, pero también en haber obligado a reconsiderar las implicancias culturales de ciertas antropologías teológicas occidentales. White sugería, en el fondo, que la devastación ecológica no podía explicarse exclusivamente por factores económicos o tecnológicos. Existía también una dimensión simbólica y espiritual en la manera moderna de relacionarse con la creación.
Las críticas a White no tardaron en aparecer. Diversos historiadores y teólogos cuestionaron el carácter excesivamente homogéneo de su lectura del cristianismo medieval y señalaron que la tradición cristiana contiene perspectivas mucho más complejas y heterogéneas respecto de la naturaleza. No toda teología cristiana legitimó del mismo modo la explotación del mundo creado, ni toda experiencia religiosa medieval puede reducirse a una lógica de dominio antropocéntrico. Más que resolver definitivamente la cuestión, este debate permitió reconsiderar el papel de determinadas interpretaciones religiosas en la configuración histórica de la relación entre humanidad y naturaleza.
Precisamente en este contexto, la figura de Francisco de Asís comenzó a adquirir una relevancia particular. El propio White identificó al santo de Asís como una excepción notable dentro de la tradición occidental, llegando incluso a proponerlo provocativamente como “patrono de los ecologistas” (1967, p. 1207). Más allá de la simplificación que implica proyectar categorías contemporáneas sobre el siglo XIII, la intuición resulta significativa, puesto que Francisco introdujo una relación con la creación difícilmente reducible a las coordenadas antropocéntricas dominantes de la modernidad posterior.
El Cántico de las Criaturas constituye quizás la expresión más radical de esa sensibilidad. La creación no aparece allí como objeto subordinado a la voluntad humana ni como conjunto de recursos disponibles para la explotación racional. El “hermano sol”, la “hermana agua” o la “hermana tierra” expresan una comunidad de pertenencia que descentra al sujeto humano y lo reinscribe dentro de una red más amplia de relaciones creadas.
La modernidad occidental consolidó progresivamente una comprensión dualista de la realidad, es decir, sujeto frente a objeto, humanidad frente a naturaleza, razón frente a materia. El mundo natural comenzó a aparecer como exterioridad disponible para el cálculo y la apropiación técnica.
Del mismo modo, la naturaleza dejó de ser percibida como comunidad de vida y comenzó a ser interpretada como materia manipulable. El antropoceno representa, en gran medida, la culminación histórica de esa lógica. La Tierra aparece transformada por un sujeto humano que se percibió durante siglos como exterior a los límites materiales que hacían posible su propia existencia.
La experiencia franciscana introduce una inflexión relevante frente a una mentalidad dicotómica articulada en oposiciones como dominador y dominado, explotador y explotado.
Francisco no niega la singularidad humana dentro de la creación, pero relativiza toda pretensión de soberanía absoluta sobre el mundo creado. La criatura humana no ocupa el centro exclusivo de la realidad. Comparte con el resto de las criaturas una condición marcada por la dependencia, la contingencia y la finitud.
Diversos autores contemporáneos han insistido en esta dimensión relacional de la espiritualidad franciscana. Leonardo Boff (2000) interpretó el Cántico como expresión de una “fraternidad universal” que rompe con las lógicas modernas de separación entre humanidad y naturaleza. Ilia Delio (2003), por su parte, destacó que la visión franciscana de la creación no parte de la autosuficiencia humana, sino de la interdependencia constitutiva de todas las criaturas. En ambos casos, la cuestión ecológica deja de ser simplemente un problema de gestión ambiental para convertirse en una pregunta antropológica y espiritual más profunda.
Sin embargo, sería insuficiente convertir a Francisco en un ecologista contemporáneo avant la lettre. El riesgo de ciertas recepciones modernas del santo consiste precisamente en neutralizar la radicalidad histórica de su experiencia espiritual mediante lecturas excesivamente armonizantes. El Cántico no propone una reconciliación ingenua con la naturaleza ni una idealización romántica del mundo creado. Surge, por el contrario, desde el sufrimiento físico, la enfermedad y la experiencia del límite.
Este aspecto resulta crucial. Francisco canta desde un cuerpo deteriorado y desde una creciente conciencia de fragilidad. La fraternidad cósmica del Cántico no nace desde la autosuficiencia, sino desde la vulnerabilidad compartida. Allí reside una de sus dimensiones más perturbadoras para el imaginario moderno. Frente a una racionalidad que convirtió la autonomía y el control en ideales absolutos, el texto franciscano reinscribe la existencia humana dentro de una comunidad de criaturas marcadas por la dependencia recíproca y por la imposibilidad de escapar completamente al límite.
La actualidad crítica del Cántico emerge precisamente en ese punto. En tiempos del antropoceno, cuando la modernidad descubre tardíamente que no puede situarse fuera de las condiciones materiales que sostienen la vida planetaria, la pretensión franciscana de llamar “hermanos” a los elementos de la creación deja de sonar piadosa o decorativa. Comienza a aparecer, más bien, como una crítica anticipada a la ficción moderna de autonomía absoluta.
3. Francisco de Asís y la crisis de la pobreza: el Cántico como escritura del límite
El “Cántico de las criaturas”, también conocido como “Cántico del hermano sol” o “Cántico de las creaturas”, es uno de los escritos más célebres de san Francisco de Asís (1182-1226). Su copia más antigua se conserva en el Codex 338, un pergamino manuscrito elaborado hacia 1250 y custodiado actualmente en la biblioteca del Sacro Convento de Asís, después de haber permanecido en la Biblioteca Comunal de la misma ciudad desde tiempos de Napoleón (Lehmann, 1995, pp. 181–182). El texto habría sido compuesto hacia 1225, en uno de los momentos más complejos de la vida de Francisco. La imagen posterior del santo como figura apacible y reconciliada con la naturaleza tiende a ocultar el contexto concreto desde el cual emerge el himno. Francisco se encontraba entonces gravemente enfermo, casi ciego y progresivamente apartado del gobierno efectivo de la Orden de los Hermanos Menores. Lejos de constituir una etapa de serenidad contemplativa, los últimos años de su vida estuvieron caracterizados por tensiones internas, sustanciales y críticas, relacionadas con el crecimiento institucional del movimiento franciscano y con el sentido mismo de la pobreza evangélica.
La bibliografía sobre el Cántico de las Criaturas es vasta y ha abordado el texto desde perspectivas filológicas, teológicas, literarias, espirituales e históricas. Para un panorama reciente de algunos de los estudios más reconocidos, resulta especialmente útil el trabajo del profesor Bernardo Molina, OFMCap, quien ofrece un elenco cronológico y minucioso de la investigación dedicada al Cántico, junto con un análisis de su estilo, estructura y espiritualidad (Molina, 2025, 556-557).
Asimismo, las investigaciones ya clásicas de André Vauchez (2012), Jacques Dalarun (1996) y Raoul Manselli (1985) han mostrado que el conflicto en torno a la pobreza no respondía únicamente a problemas disciplinarios o administrativos. Los autores mencionados coinciden en señalar, con matices y desde enfoques diversos, que lo que estaba en juego era la posibilidad de mantener una forma de vida fundada en la minoridad, la itinerancia y la renuncia a la apropiación dentro de una Iglesia que comenzaba a absorber institucionalmente el carisma franciscano. La aprobación de la Regla bulada por Honorio III en 1223 aseguró reconocimiento jurídico a la Orden, pero al mismo tiempo aceleró su incorporación a las estructuras administrativas y económicas de la cristiandad latina.
Francisco vivió con creciente desasosiego ese proceso. La fraternidad de hermanos pobres que había surgido como experiencia radical de seguimiento evangélico de Cristo crucificado comenzaba a transformarse en institución con perspectivas de estabilidad y expansión; con conventos, formas de organización jurídica y mecanismos de regulación cada vez más sofisticados. Toda esta situación se vivió con enorme tensión en el seno de las comunidades de los Hermanos Menores. La pobreza franciscana no constituía simplemente una práctica ascética individual; implicaba una determinada relación colectiva con el poder, con la propiedad y con el mundo creado.
En este contexto, el Cántico no fue escrito desde la seguridad institucional ni desde el triunfo de una reforma consolidada. Francisco canta desde la fragilidad física y desde la experiencia de un progresivo descentramiento. La persona que habla para dictar los versos a sus hermanos no controla ya ni siquiera su propio cuerpo. La enfermedad le recordó que cualquier pretensión de autosuficiencia quedaba descartada.
Así, aquello que podríamos denominar la “fraternidad cósmica” del Cántico surge desde la conciencia radical del límite y, en ese sentido, no nace desde una contemplación romántica de la naturaleza ni desde una espiritualidad evasiva. Francisco no se sitúa frente a la creación como observador exterior ni como administrador racional del mundo. Se reconoce a sí mismo como criatura vulnerable entre criaturas vulnerables.
Buena parte de la modernidad occidental construyó sus ideales antropológicos sobre la autonomía, el dominio técnico y la progresiva emancipación respecto de los límites naturales. Por este motivo, la importancia de este descentramiento no debería subestimarse. En efecto, el sujeto moderno se imaginó a sí mismo como capaz de transformar indefinidamente el mundo mediante la expansión de la razón instrumental. En contraste, el Cántico reinscribe la existencia humana dentro de una comunidad creada marcada por la contingencia y la dependencia mutua.
La cuestión de la pobreza adquiere aquí un significado mucho más profundo que la mera renuncia material. Giorgio Agamben (2013) observó que la experiencia franciscana introdujo una relación singular con el mundo basada no en la propiedad, sino en el uso. Aunque la interpretación de Agamben responde a intereses filosóficos contemporáneos y no puede proyectarse mecánicamente sobre el siglo XIII, resulta sugerente para pensar el Cántico. San Francisco de Asís no concebía la creación como objeto susceptible de apropiación absoluta. La relación con el mundo aparece mediada por la gratuidad y no por la posesión.
Esta lógica se presenta como particularmente disruptiva frente al paradigma moderno de acumulación. La racionalidad económica contemporánea se estructuró en gran medida sobre la transformación de territorios, cuerpos y ecosistemas en recursos explotables. La expansión colonial europea, el extractivismo y el capitalismo industrial consolidaron progresivamente una relación instrumental con la naturaleza fundada en la apropiación intensiva de lo viviente. La crisis ecológica contemporánea constituye una de las consecuencias más visibles de ese proceso.
El Cántico se sitúa en otra orilla. La creación deja de aparecer como depósito de recursos disponibles para el dominio humano y se convierte en comunidad de criaturas vinculadas entre sí por la alabanza compartida. El “hermano fuego” o la “hermana agua” no son metáforas ornamentales. Expresan una reorganización simbólica de la relación entre humanidad y mundo creado.
Incluso la presencia de la “hermana muerte” adquiere aquí una importancia decisiva. La modernidad tecnocrática construyó buena parte de su imaginario sobre la negación del límite y sobre la promesa de control creciente de la vulnerabilidad humana. El desarrollo técnico comenzó a asociarse con la ilusión de superar indefinidamente la fragilidad corporal y la dependencia material. Francisco, en cambio, integra la muerte dentro de la fraternidad cósmica del Cántico. La finitud no es expulsada de la experiencia espiritual; es reconocida como parte constitutiva de la condición creada.
La crisis ecológica actual no expresa únicamente un problema técnico de gestión ambiental. La devastación climática contemporánea representa, en cierto sentido, el retorno violento de aquello que la modernidad creyó poder controlar indefinidamente: la imposibilidad de existir fuera de la trama vulnerable de la creación.
Precisamente por ello, la vigencia del Cántico adquiere un alcance más amplio y, a la vez, más incisivo cuando se lo lee como una interpelación a las premisas antropológicas que han contribuido a la crisis ecológica contemporánea. Naturalmente, Francisco de Asís no formuló un programa ambiental ni una teoría política de la sostenibilidad; atribuirle tales propósitos supondría un anacronismo. Sin embargo, su radicalidad conserva fuerza crítica porque va a contracorriente de toda reducción del mundo a posesión, utilidad o recurso, e introduce a las criaturas en un horizonte de dignidad relacional. Desde esta perspectiva, el Cántico recuerda que la existencia humana se encuentra inscrita en una trama de dependencias recíprocas que exige responsabilidad, cuidado y reconocimiento de los límites que hacen posible la vida común.
4. Laudato si’ y la crítica de la racionalidad tecnocrática
La publicación de Laudato si’ en 2015 marcó un punto de inflexión en la reflexión contemporánea de la Iglesia sobre la cuestión ecológica. Aunque el magisterio social católico ya contaba con antecedentes importantes, la encíclica del papa Francisco situó el problema ambiental en el corazón de la pregunta por el ser humano, la vida espiritual y la responsabilidad política en el mundo contemporáneo (Francisco, 2015).
Siguiendo los planteamientos del papa Francisco, la crisis ecológica no es un asunto exclusivamente, técnico ni un problema susceptible de resolverse únicamente mediante ajustes del modelo económico vigente. La tesis central de la encíclica es más exigente y, por lo mismo, más incómoda: lo que se encuentra en crisis es una determinada racionalidad histórica.
Francisco describe y condena explícitamente una forma de relación con el mundo basada en la expansión ilimitada del poder técnico y en la reducción de la realidad a objeto manipulable. El problema no es la técnica en sí misma. La encíclica evita cuidadosamente cualquier nostalgia antimoderna o rechazo simplista del progreso científico. Lo que se cuestiona es la absolutización de una racionalidad instrumental que termina reorganizando todas las dimensiones de la existencia humana según la lógica de la eficiencia, el control y la disponibilidad.
La Laudato si’ converge con diagnósticos desarrollados desde otros campos del pensamiento contemporáneo. Martin Heidegger había advertido ya que la técnica moderna no constituye simplemente un conjunto de herramientas, sino una forma de desocultamiento de la realidad en la que todo comienza a aparecer como “fondo de reserva” disponible para su utilización (Heidegger, 1977).
Más recientemente, el pensamiento de Byung-Chul Han (2014) ha adquirido amplia difusión al mostrar cómo las sociedades neoliberales contemporáneas han transformado, directa o indirectamente, la subjetividad humana en un espacio de rendimiento permanente y autoexplotación.
La encíclica dialoga implícitamente con estas y otras intuiciones contemporáneas, aunque desde el horizonte propio de la Tradición cristiana y de la Doctrina Social de la Iglesia. Desde esta perspectiva, el paradigma tecnocrático no afecta únicamente la relación con la naturaleza; modifica también la experiencia humana del tiempo, del cuerpo, de la comunidad y del límite.
De este modo, el Cántico de las Criaturas interpela al recordar que la fraternidad cristiana constituye una forma radicalmente distinta de habitar el mundo. Francisco no contempla la creación como “fondo de reserva” ni como escenario neutral para la expansión del dominio humano. El “hermano sol” o la “hermana agua” no aparecen subordinados a una lógica de apropiación. Son reconocidos como criaturas con las cuales el ser humano comparte una pertenencia común.
La distancia respecto de la racionalidad tecnocrática moderna resulta profunda. Mientras el paradigma contemporáneo tiende a reducir la realidad a disponibilidad funcional, el Cántico introduce una relación fundada en la gratuidad y en el reconocimiento del límite. La creación deja de ser mero recurso y recupera espesor simbólico, espiritual y relacional.
Esta tensión se vuelve especialmente visible en el modo como Laudato si’ vincula devastación ecológica y exclusión social. La encíclica insiste en que no existen dos crisis separadas, una ambiental y otra social, sino una única crisis socioambiental (Francisco, 2015). Esta afirmación permite pensar la destrucción de ecosistemas y la precarización de poblaciones vulnerables como efectos de una misma racionalidad histórica, en la que los beneficios se concentran y los daños se distribuyen de manera desigual.
Algo semejante ocurre en el campo tecnológico. La inteligencia artificial se desarrolla mediante cadenas complejas de diseño, entrenamiento, integración y uso, donde intervienen programadores, empresas, entidades públicas, plataformas de datos y usuarios finales. Esta multiplicidad de actores puede producir escenarios de “responsabilidad difusa” (Laín Moyano, 2021, p. 216), en los que una exclusión indebida, un diagnóstico erróneo o una clasificación discriminatoria no encuentran fácilmente un responsable identificable. Por ello, la justicia socioambiental y la ética tecnológica comparten una misma exigencia: hacer visibles las mediaciones que producen daño, establecer responsabilidades verificables y crear mecanismos institucionales de trazabilidad, documentación y auditoría antes de que los sistemas económicos, ecológicos o algorítmicos desplieguen consecuencias difícilmente reversibles (Mitchell et al., 2019).
Ahora bien, lo anterior posee implicancias importantes para América Latina. La región ha experimentado durante siglos formas intensivas de extracción minera, devastación territorial y explotación de recursos naturales orientadas prioritariamente al mercado global. La modernidad latinoamericana se configuró, en gran medida, a partir de economías extractivas que organizaron territorios enteros como zonas de sacrificio. En este contexto, la crisis ecológica contemporánea puede comprenderse a través de varios prismas, pero uno de los más adecuados es el enfoque que cuestiona el poder colonial y sus persistencias. A comienzos del siglo XXI, Aníbal Quijano (2000) mostró cómo la modernidad europea logró consolidar jerarquías globales que orquestaron la explotación económica, la racialización y el control epistemológico. La naturaleza latinoamericana fue incorporada al imaginario moderno fundamentalmente como fuente de recursos disponibles para la expansión colonial y capitalista.
La devastación ambiental contemporánea prolonga muchas de esas lógicas. La Amazonía constituye quizás el ejemplo más visible. La destrucción acelerada de bosques, la contaminación de ríos y la migración forzada de comunidades indígenas responden a dinámicas económicas globales que continúan tratando el territorio como espacio sacrificable en nombre del crecimiento y del desarrollo.
Precisamente por ello, la crítica ecológica de Laudato si’ no puede reducirse a exhortación moral sobre el cuidado del medio ambiente. La encíclica formula una crítica mucho más amplia a las formas contemporáneas de organización del poder y de la economía. El deterioro ambiental aparece vinculado a una antropología fundada en la separación: separación entre humanidad y naturaleza, entre economía y ética, entre progreso técnico y responsabilidad colectiva.
Aquí emerge nuevamente la radicalidad del Cántico. La fraternidad franciscana no elimina el conflicto ni idealiza ingenuamente la creación. Lo que cuestiona es la pretensión moderna de existir fuera de las relaciones de dependencia que sostienen la vida común. Francisco de Asís no propone simplemente “cuidar” la naturaleza; interpela la posición misma del sujeto humano dentro del mundo creado.
En tiempos del antropoceno, cuando la humanidad descubre tardíamente que no puede escapar a las consecuencias materiales de su propia expansión técnica, la voz del Cántico adquiere una resonancia inesperada. La creación deja de aparecer como exterioridad silenciosa y comienza a manifestar los límites que la modernidad creyó poder ignorar indefinidamente.
Conclusión
La persistencia histórica del Cántico de las Criaturas se relaciona con su capacidad para cuestionar algunas de las premisas antropológicas y culturales que continúan presentes en la relación moderna con la creación. La recuperación contemporánea del imaginario franciscano en Laudato si’ expresa precisamente la necesidad de revisar las bases culturales de la crisis ecológica actual. En este sentido, el deterioro ambiental no puede comprenderse únicamente como un problema de gestión técnica ni como una consecuencia aislada de determinados modelos económicos. También remite a una forma de comprender la relación entre humanidad, naturaleza y técnica que ha favorecido la apropiación, la explotación y el distanciamiento respecto de los límites que sostienen la vida.
En el contexto del antropoceno, la actualidad del Cántico radica en recordar que la creación no constituye una reserva inagotable de recursos disponibles para el dominio humano. La persona forma parte de una comunidad más amplia de criaturas y comparte con ellas una condición marcada por la dependencia, la contingencia y la vulnerabilidad. Desde esta perspectiva, la fraternidad franciscana no representa una idealización romántica de la naturaleza, sino una manera distinta de habitar el mundo, fundada en el reconocimiento de la interdependencia y de la responsabilidad compartida.
La formulación reciente de León XIV permite precisar algunas implicaciones sociales de esta reflexión. Una sociedad no se comprende adecuadamente a sí misma cuando evalúa su desarrollo únicamente desde el poder, la prosperidad o la eficiencia institucional, dejando en segundo plano a quienes viven en condiciones de mayor exposición y fragilidad. La justicia ecológica no se limita al cuidado de ecosistemas; también remite a los criterios con que una comunidad define la dignidad, la vulnerabilidad y la pertenencia. En este horizonte, la sensibilidad franciscana continúa ofreciendo una interpelación vigente, pues invita a reconocer que el cuidado de la creación, la atención a las personas más vulnerables y el ejercicio de la responsabilidad común forman parte de una misma realidad. Por ello, las palabras finales del Cántico conservan toda su fuerza: “Alaben y bendigan a mi Señor, denle gracias y sírvanle con gran humildad” (Francisco de Asís, 2014 [1225], p. 123).
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